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Crisis es una palabra dual. En su origen griego remite tanto a las condiciones objetivas que conducen a una situación determinada, como a los criterios subjetivos empleados para diagnosticarla. La crisis es, por tanto, objetiva y subjetiva a la vez; o, dicho de otro modo, el objeto en el que se manifiesta contiene ya implícita una posición crítica.
En nuestra historia reciente, la crisis de 2008 propició una ruptura, una conciencia sobre las consecuencias del exceso de potencia y el fervor especulativo, así como un renovado interés por lo colectivo, las preocupaciones ecológicas, los cuidados y los afectos. Pero también impulsó una profunda revisión crítica de todo lo heredado, tanto en su dimensión física —preexistencias construidas, tradiciones materiales, contextos— como en forma de conocimientos, herramientas y discursos.
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Francisco González de Canales
Es arquitecto, educador, crítico y poeta, formado en Sevilla, Barcelona y Harvard. Catedrático de Composición Arquitectónica en la Universidad de Sevilla, a lo largo de su carrera ha obtenido diversos premios internacionales como el Build's Architecture Award 2020, y ejercido su labor académica en instituciones destacadas como la Architectural Association School of Architecture de Londres. Es autor de varios libros y publicaciones teóricas sobre la arquitectura moderna y contemporánea, siendo reconocido por sus trabajos sobre la arquitectura de la segunda mitad del siglo XX, y especialmente la obra de Rafael Moneo. Es socio fundador del estudio de arquitectura Canales Lombardero. Ha escrito libros como El manierismo y su ahora (Vibok, 2020), Ambigüedad operativa (Asimétricas y dpa, 2024) o El arquitecto como trabajador. Profesión y crisis (Asimétricas, 2018).
Means of transport
Buena parte de la década de 2010 quedó marcada por este desmayo del capitalismo financiero. Sin concursos o encargos de envergadura, la indagación proyectual se replegó hacia trabajos tradicionalmente considerados menores —ampliaciones, reformas, viviendas unifamiliares—, de modo que estas nuevas aspiraciones críticas tuvieron que desarrollarse desde un retorno a una arquitectura muy ligada a un sentido de oficio. Algunos llamaron a esto nuevo realismo.
Cabe decirse que, lo real, como sostienen la mayoría de las escuelas filosóficas, no se hace presente de forma inmediata, sino desde una posición que encuadra y hace inteligible; o, en términos de Jacques Rancière, desde aquello que se decide hacer partícipe del “reparto de lo sensible”. El primer paso es pues de balance y reconocimiento, y en los pequeños encargos este proceso se materializa mediante una confrontación directa con las cuestiones más mundanas de nuestro trabajo: restricciones presupuestarias, opiniones cambiantes de los clientes, condiciones preexistentes complejas, atención a lo material, medios y recursos a mano, e incluso un cierto grado de artesanalidad que nos devuelven a esa ya referida condición de oficio.
Hay por tanto en esta arquitectura un intento de reconectar con el oficio en cuanto a práctica, pero también con la disciplina en cuanto a conocimiento. Reconocer y hacer balance —quizá con algo más de modestia— de la existencia de una experiencia previa, de una tradición de la que se es consciente, tanto en sus limitaciones como en sus logros. Aunque lo específico de esta reconexión resida en su dimensión crítica. Reconectar con estas tradiciones, pero también, volverlas a poner en crisis, resituar lo que hoy en ellas es inasumible, pues solo así puede entenderse que disciplina y oficio estén en condiciones de afrontar los requerimientos emergentes y futuros, ya sean ambientales, de cuidados, género, resiliencia o modos de vida divergentes.
Entre las obras del período, aquellas que quizá mejor reflejan estas preocupaciones son las que trabajan en y con lo ya construido. Buena parte de la trayectoria inicial de oficinas como Arquitectura-G se sustentó sobre este tipo de encargos. Su Casa Luz, en Cilleros (2011–2013), constituye un destacable ejemplo de un trabajo material cercano, de adaptación climática y reformulación de lo que existe. Manteniendo la robusta carcasa original, la ampliación del patinete existente para conformar un nuevo patio central —ligero y casi diáfano en planta baja, y en conexión al huerto trasero— permite adaptar la dura vida rural a formas de vida más laxas y menos regimentadas, como las que Luz pretende; un desplazamiento de vidas que se registra elocuente en la fachada.
En muchos casos, el proyecto enfatiza y articula un reconocimiento dual: de lo que existe y de lo que se desea ser. Esta tensión se aprecia en otras obras de Arquitectura-G como las casas para Nacho Alegre en Tallada d’Empordà (2015–2017) y Barcelona (2011–2012). En esta última, un único muro en forma de “L” mantiene la tensión entre planta libre y espacio acotado. Una estrategia que se reitera y amplifica en la Casa para un soltero, en Barcelona (2016–2017), a la que además se añade una rica topografía interior. Las realidades espaciales se superponen en una tensión constante entre la preexistente planta libre y el tenue aposentamiento con el que se rescatan formas de privacidad en realidad siempre ambiguas.
Durante la misma década, otras oficinas, como Cuac arquitectura, basaron también una sustancial parte de su producción en intervenciones en lo existente, como el Estudio en San Jerónimo, Granada (2014-2015), o la Agencia Babydog, Granada (2016-2017). En esta última se aprecia nuevamente la superposición de dos estructuras espaciales, donde lo preexistente se rearticula sin ser negado. En particular, la fragmentada estructura de medio pie de ladrillo se descarga mediante arcos para hacer emerger de entre ella una nueva planta abierta que permite el trabajo dinámico y fluido de la agencia, haciendo además del argumento técnico un recurso expresivo.
Una lógica técnico-expresiva está también presente en obras de Carles Enrich, como la celebrada Recuperación de la Torre de Merola, Puig-reig (2015–2019), o en Canals i Junyer, Barcelona (2017–2022). Esta última, resuelve la recuperación de una casa rodeada de jardines históricos para ser incorporada al dominio público.
La necesaria estabilización del volumen de la casa permite una liberación espacial acorde con su nuevo carácter cívico, siendo fundamental la decisión de realizarla mediante anillos horizontales —en lugar de andamiajes o apeos verticales—, pues remarca la legibilidad de la antigua escala doméstica y sus distintos cuerpos. El edificio público deviene así, no en otro imponente espacio institucional, sino en una casa algo más grande: la cotidianidad de lo doméstico entregada a lo colectivo.
En esta década, la reconexión con lo precedente no solo se limitó a construir con lo construido, sino que se extendió a la reelaboración de tradiciones y modelos ampliamente conocidos. Así sucede con las distintas reinterpretaciones del patio mallorquín en la arquitectura de TEd’A. Más que una estructura unívoca —que la propia tradición nunca ofreció—, el patio se aborda aquí de formas diversas, ya sea como antesala operativa, en Can Guillem i na Cati, Montuïri (2019–2020), como elemento referencial en torno al cual se circula, en Ca na Catalina i en Joan, Llubí (2019–2022), o como centro vegetal excavado a modo de hortus conclusus, en Can Jaime n’Isabelle (2011–2018).
En el trabajo de TEd’A, el patio constituye una aproximación a la tradición, pero también una apertura a su crítica. Históricamente, su centralidad relacional lo convirtió fácilmente en un dispositivo de control de las relaciones familiares. En Can Jaume n’Isabelle, sin embargo, el patio se afirma y se desmantela simultáneamente. Es centro referencial, pero a su vez se fragmenta en rincones y recovecos, en pequeños ecosistemas que eluden cualquier mirada totalizadora. En estos proyectos existe también una intensa investigación material a partir de los recursos locales, de sus diversas posibilidades constructivas y expresivas, así como de su respuesta climática, con estrategias pasivas, manipulación de la masa térmica o ventilación natural. Son aspectos que, además, concurren en otras arquitecturas recientes en Baleares, especialmente en las iniciativas del IBAVI, de las que podrían destacarse numerosos proyectos, si bien Life Reusing Posidonia, Formentera (2015–17), podría considerarse su manifiesto.
La adopción de modelos preexistentes en el periodo poscrisis implicó en ocasiones la recuperación de tipologías a menudo consideradas modestas. En varios de los proyectos de H Arquitectes se trabaja con la vivienda estrecha entre medianeras propia de pequeñas ciudades y pueblos. En la Casa 1014 (2011–2014), el parcelario del Granollers histórico dio lugar a ese desarrollo característico en fondo profundo y fachada escueta.
Su reinterpretación, mediante una inventiva material y climática que fragmenta el programa con patios rotundos —al contrario de los tradicionales patinetes intersticiales o los corrales traseros—, propone una vida más ambigua entre interior y exterior; una estrategia que se reitera en proyectos posteriores, como entre otros, y también en Granollers, la Casa 1721 (2017–2019).
En la Casa Borrero, Alosno, Huelva (2017–2019), de Studio Wet, se parte de la adaptación de una de las tipologías más humildes del ámbito rural andaluz: una estructura de una sola planta, dos muros de carga y cubierta a un agua. Esta solución sencilla y económica se lleva al límite con un contundente volumen de cuarenta metros de largo, que bien podría apreciarse como una adusta nave agraria. La aparente crudeza se atenúa mediante un ritmo de concavidades que colabora estructuralmente y fragmenta la fachada: acuerdo entre argumento técnico, limitación de medios y nuevos recursos expresivos.
En la Casa Perea Borobio, Sevilla (2013–2017), de Canales Lombardero, la estructura de muros de carga se convierte además en argumento climático. El ladrillo visto al interior favorece la acumulación energética en la masa de sus gruesos muros, algo que los enlucidos tradicionales habrían bloqueado. Lo climático aparece así como único argumento a largo plazo, pues la casa incorpora la crisis en su sentido más explícito: la imposibilidad de determinar un habitar futuro. Solo el ritmo claro —pero generoso— que imponen sus recios muros se dispone como articulador básico para la miríada futura de vidas posibles.
Finalmente, otro rasgo fundamental de muchas de estas actitudes proyectuales es el distanciamiento respecto al mero juego intelectual o la ironía. La manipulación y reelaboración de preexistencias, sistemas y tradiciones se concibe aquí como herramienta operativa para abordar requerimientos complejos. El balcón sobre la terraza en proyectos como Siete vidas, Barcelona (2019–2021), de Anna & Eugeni Bach, no es un guiño posmoderno, sino una respuesta ingeniosa a las desajustadas alturas de la calle con un empleo imaginativo del lenguaje del contexto. Del mismo modo, los desajustes lingüísticos y volumétricos de la Casa de Ladrillo de Jacobo García-Germán (2018–2021), no constituyen un juego o una mera retórica estilística, sino el resultado de una tensión entre la autonomía de las partes y una forma de vida situada a medio camino entre lo rural y lo urbano.
Ya sea por la indeterminación hacia el programa, o por la relación ambivalente hacia lo preexistente, o en cuanto a la dualidad respecto la escala, o en la translocación entre lo exterior e interior, en estos proyectos reseñados las ambigüedades se transforman en operativas a la hora de abordar seriamente las complejidades del encargo, que no se afrontan en abstracto, sino desde experiencias espaciales y ambientales concretas, y con relación a disposiciones formales y materiales muy precisas.
En ocasiones anteriores he definido esta actitud de reconocimiento y crítica como manierista, no por una obsesión con lo alambicado o sobreactuado, sino por una conciencia de crisis y, por extensión, por la necesidad de reconocer, y a la vez, poner en cuestión las tradiciones, las estructuras y sistemas de trabajo heredados que utilizamos para responder a los retos presentes. La arquitectura no puede existir sin una tradición, ni al margen de ella, del mismo modo que el lenguaje —como el que aquí empleo— no puede comunicar sin una codificación compartida. Pero su uso creativo puede y debe abrirse a rupturas controladas capaces de generar nuevos significados e incorporar nuevos elementos al registro de lo sensible.
Hoy día algunos optan por celebrar y monumentalizar acríticamente precedentes y tradiciones —ya sean los santos padres de la arquitectura, la historia, lo vernáculo—, y ya sea en defensa de ciertas estructuras ideológicas, nacionalismos u otras cuestiones identitarias, y cuyos nefastos efectos en el pasado no nos son tan lejanos. Frente a ello, resulta más útil y valiente la posición de quienes utilizan y, al mismo tiempo, critican la tradición que han elegido, o aquella que no han podido eludir. Quizá así podamos seguir avanzando, si bien al menos con algún pie apoyado sobre un firme común.



