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Itinerary
Hoy, damos por sentado contar con tres semanas de vacaciones al año. A pesar de que suene el teléfono y no podamos desconectar del todo, viajamos alrededor del mundo, ya sea en coche compartido o en aerolíneas de bajo coste. La globalización y las redes sociales hacen que guardar un spot secreto sea casi imposible. Hoy, también, en ciudades y territorios de todo el mundo, las manifestaciones por los límites del turismo responden a monoculturas y al agotamiento de playas, valles, bosques y otras entidades. Y el aumento de las temperaturas también transforman los imaginarios del sol y playa y los territorios que comúnmente han configurado nuestra idea de descanso.
Hace no tanto, en nuestro país, no era tan habitual contar con días de descanso remunerados. Era una cuestión de clase. Y mucho menos viajar a provincias lejanas o al extranjero. En este camino, la arquitectura ha acompañado a estos procesos, dando forma a modelos e imaginarios de posibilidades. Entender la emergencia del turismo de sol y playa a lo largo del s.XX en el Estado, y la participación de la arquitectura en la creación de distintos marcos e imaginarios para su despliegue, en la lucha por ocupar lugares privilegiados con los que enmarcar el horizonte, implica, también, analizar los contextos políticos y socioeconómicos que los hicieron posibles.
Derecho al descanso. El inicio de las políticas por el acceso a las vacaciones para las clases trabajadoras se remonta a los años treinta, en el marco de las leyes laborales de la Segunda República, como la Ley del Contrato de Trabajo de 1931, que reconocía el derecho al disfrute de vacaciones pagadas y, por tanto, daba amparo legal y democratizaba el acceso al descanso. Además, se pusieron en marcha mecanismos para la creación del así llamado “turismo social”, que no es otra cosa que una forma subvencionada de acceso a vacaciones, por debajo de su precio de mercado.
Itinerary curated by
Diego Morera Sánchez
Comisariado web, la Casa de la Arquitectura
Antonio Giráldez López
Comisariado web, la Casa de la Arquitectura
Pablo Ibáñez Ferrera
Comisariado web, la Casa de la Arquitectura
Means of transport
Dentro de estas iniciativas, en el campo de lo arquitectónico destaca el proceso de ideación de la Ciutat del Repòs i Vacances por parte del GATCPAC (Grup d'Arquitectes i Tècnics Catalans per al Progrés de l'Arquitectura Contemporània), que nunca llegó a materializarse. Como apunta el arquitecto Roger Sauquet, el proyecto no se concebía solo como una propuesta arquitectónica, sino que estaba guiada por ideales de igualdad y justicia social, y abordaba tanto a la gran escala —su participación en un contexto territorial más amplio— como la pequeña —la creación de módulos y casetas modulares, desmontables y accesibles—. La iniciativa estaba influida por los modelos urbanísticos modernos (como los de los CIAM) y, a la vez, conectada con la tradición catalana. Frenado durante el bienio negro y por el levantamiento militar que condujo a la Guerra Civil, la iniciativa fue igualmente influyente para proyectos posteriores a lo largo del s.XX y visionario en la atención al descanso de las clases populares, el respeto por el entorno de dunas y pinares en el que se insertaría o en los propios modelos organizativos internos.
Del turismo social al desarrollismo. Influido por otras lógicas y con otras implicaciones, el turismo social tuvo un papel fundamental en la dictadura franquista (1939-1977) y cuenta asimismo con una estrecha relación con iniciativas y modelos arquitectónicos. La creación de la Obra Sindical de Educación y Descanso en 1939, dependiente de FET-JONS, influida por entidades como la Opera Nazionale Dopolavoro italiana o la organización nazi Kraft durch Freude, que organizaba el tiempo libre de los trabajadores —productores, en el léxico franquista—, condujo a la puesta en marcha de un conjunto de iniciativas como centros sociales y culturales, además de ciudades vacacionales.
Las residencias de veraneo se convirtieron en el modelo estrella de la Obra Sindical, y se repartían por el litoral cantábrico, el mediterráneo y zonas interiores de montaña, llegando hasta cuarenta y siete emplazamientos en 1959, previo al declive del modelo por la ampliación de la oferta turística privada del desarrollismo y su progresiva accesibilidad. Gestionadas por la propia Obra y la Sección Femenina, estos modelos nacieron, además, para servir al aparato de control del régimen y la instrucción de las generaciones más jóvenes. Además de los cuatro tipos —masculinas, femeninas, familiares y de grupos de empresa—, hay que añadir las ciudades sindicales o residenciales, “la gama más alta de la oferta de turismo social”, como apunta el historiador social Daniel Lanero, basadas en los modelos de ciudad-jardín y que se desarrollaron en la Costa Dorada —la de Tarragona—, la Costa Verde —la de Perlora, en Asturias— y la Costa del Sol —el Conjunto ciudad residencial Tiempo Libre—.
Con mayor independencia, —el modelo de ciudad jardín articulaba viviendas a modo de chalets—, las familias usuarias de estas ciudades gozaban de mayor libertad y menor control social por parte de las estructuras del régimen. Estos conjuntos contaban con dotaciones y edificios de servicio —restaurantes, bares y zonas deportivas—. Como apunta también la historiadora del arte Paula Leu Fernández, estos casos también servían como escenografía al aparato mitográfico del régimen, que a través de canales como el NO-DO publicaba y proyectaba los avances de estas ciudades y su disfrute por parte de los y las productoras.
El primer ejemplo se levantó en la Playa Larga de Tarragona, ideada en 1955 por los arquitectos Josep María Monravà López y Antoni Pujol Sevil. La segunda, la de Marbella, surgió de un concurso de proyectos de 1956 y fue finalmente diseñada por Ángel Cadarso del Pueyo y Manuel Aymerich Amadiós. Al mismo tiempo, se estaba ejecutando en el concejo de Carreño, en Asturias, la de Perlora, obra de los hermanos Federico y Francisco Somolinos.
La Obra Sindical también puso en marcha otras iniciativas, como la ciudad de vacaciones para trabajadores del sector primario en Guardamar del Segura, una extensa ciudad de doscientos chalés, un edificio administrativo, restaurantes y bares, zonas verdes y equipamientos deportivos, que podrían servir al mismo tiempo a más de mil quinientos usuarios y usuarias. Como explica el arquitecto Ricardo Carcelén, las desavenencias entre el promotor y la Dirección General de Montes frenó la compra de los terrenos para este ambicioso proyecto y finalizó con la creación de la Residencia Campomar dentro de las instalaciones de un hotel preexistente de 1973 y 1974 del arquitecto alicantino Alfonso Navarro Guzmán. El fracaso del proyecto se suma al de la también fallida ciudad sindical en Torrevieja, también alojada en un complejo preexistente, de promoción privada, diseño del mismo arquitecto, que dejaría finalmente sin ciudades sindicales a la Costa Cálida y la Costa Blanca.
Estos modelos, con sus implicaciones, luces y sombras, dieron la oportunidad de acceso a vacaciones a decenas de miles de usuarias por año, algo antes solo accesible a clases medias y altas y difícilmente a trabajadores industriales asalariados, amas de casa y sus familias.
Turismo privado y boom. Como ya comentamos, la época del así llamado desarrollismo trajo consigo la emergencia de iniciativas privadas en distintas geografías que mermaron el impacto social de la obra sindical franquista por el crecimiento de la oferta privada, el aumento de las clases medias y la progresiva accesibilidad de estos productos.
Dentro de las iniciativas surgidas a partir del Plan de Estabilización de 1959 en zonas de costa, destaca el trabajo de Antoni Bonet Castellana en los inicios del desarrollo turístico de la zona de la Manga del Mar Menor por su atención al impacto medioambiental. Tras los proyectos desarrollados en Uruguay y Argentina, el arquitecto recibe junto con Josep Puig Torné el encargo de planificar el desarrollo urbanístico de esta gran lengua de arena que separa la laguna del Mediterráneo. Pone atención en la topografía y los elementos naturales para proponer un modelo de zonificación, segregación de vehículos y peatones y concentración de la edificabilidad compatible con un relativo respeto al entorno natural.
La inflación de los años setenta y el fin de las ayudas estatales al desarrollo turístico condujeron a su promotor a la densificación de la propuesta, lo que dio pie al inicio del modelo urbanístico intensivo que conocemos hoy en La Manga y su impacto en los ecosistemas de la zona. A pesar del malograda vida del proyecto, en el área destacan los complejos del propio Bonet Castellana, como el Conjunto hexagonal –un modelo más denso y más cercano a la ciudad moderna–, los Apartamentos Golf Bungalows y Los Miradores –un complejo de villas de distinta naturaleza cuya implantación atiende a la topografía existente– o el Club Náutico Dos Mares.
El boom del turismo de “sol y playa” y la llegada del turismo europeo provocó la emergencia de nuevos modelos hoteleros también en otros litorales españoles. En Tenerife, la colonización del Sur de la isla tras el desarrollo turístico del Norte, de clima más templado y húmedo, se ejemplifica en casos como la urbanización Ten-Bel. Esta era una verdadera ciudad promovida para el turismo belga, creada ex novo y diseñada por los arquitectos tinerfeños Javier Díaz Llanos y Vicente Saavedra en un interesante esquema de fases que minimizaba el impacto sobre una topografía compleja caracterizada por las coladas de lava.
Ejemplos como el famoso Hotel Don Pepe, pieza clave del crecimiento turístico de la Costa del Sol, proponía un modelo mucho más masivo, una gran mole de hormigón que se cerraba a la carretera y cuyas terrazas se abrían a la costa. En él, considerado el primer hotel de lujo de Marbella, se alojaron artistas internacionales de la talla de Audrey Hepburn, Omar Sharif o Prince. Hoy ya transformado, en su escenario, junto a la piscina y su gran chorro, actuaron en los setenta artistas de la talla de Rocío Jurado, Julio Iglesias o Lola Flores, y el hotel fue escenario del rodaje de películas como Pepito Piscinas, protagonizada por Fernando Esteso o en El turismo es un gran invento.
También piedra de toque en otro boom turístico, el de la Bahía de Alcudia, en el norte de la isla de Mallorca, la Ciudad Blanca de Sáenz de Oíza articulaba un conjunto de piezas casi metabólico, una agregación de viviendas en forma de tubo que se escalonaron mirando al mar. Con una apariencia masiva, de hormigón, algo común en otras obras promovidas también por Juan Huarte, los apartamentos contaban también con mobiliario de la empresa del industrial y mecenas. Aunque se planteó la construcción de más de doscientas viviendas en distintos volúmenes, finalmente solo se materializó este conjunto escalonado.
Otros ejemplos de interés, como los Apartamentos Santa Águeda, en Benicassim, Castelló, de MBM Arquitectes (Mackay, Bohigas y Martorell), proponían a finales de los sesenta modelos de agregaciones más fragmentarias y orgánicas de piezas que, si bien ocupaban lugares privilegiados en el litoral, buscaban minimizar el impacto visual y espacial de la arquitectura en modelos habitacionales racionales combinados con condiciones presentes en el lugar —locales, tradicionales y populares—.
Segunda residencia. Más allá del turismo de masas y los modelos de descanso colectivos, el campo de la vivienda —y su relación con el litoral— también se vio afectado a lo largo del s.XX por las posibilidades económicas, sociales y políticas. El aumento de la segunda residencia en España destaca, sobre todo, en la década de 1950, de 1970 y 1980, frenado por la recesión de finales de los años sesenta. Este modelo, y en especial el vinculado a la playa, responde a otras posibilidades económicas y clases, y geográficamente también aparece distribuido.
Como apunta el geógrafo Jose María Serrano, el aumento más significativo se produce a finales de la década de los setenta, coincidente con un periodo de retracción del sector de la construcción pero con la llegada de la así llamada “sociedad del bienestar”, ayudas al sector y el auge del ladrillo como forma segura de inversión. En este ámbito, encontramos auténticos paradigmas de la arquitectura moderna en la España del s.XX, y algunos llevan la idea de la primera línea a su máximo exponente.
Influida por el imaginario mediterráneo, la Casa Rudofsky, del propio arquitecto moravo junto a Jose Antonio Coderch en Frigiliana, Málaga, se fragmenta para adaptarse a una compleja topografía, articulando un rígido sistema de pérgolas que permite recorridos exteriores. Frente al Cantábrico, la Casa Imanolena de Luis Peña Ganchegui en Mutriku bebe del tipo —espacial y constructivo— del caserío vasco para rearticularse en torno a un pequeño patio interior bajo un lucernario de vidrio. Una casa que mira, a la vez, hacia dentro y hacia afuera. En las frías aguas del Atlántico, en Bueu, la paradigmática A Roiba, de Ramón Vázquez Molezún, se asienta sobre unos restos de piedra de una antigua caseta para enmarcar el paisaje de la ría de Pontevedra apenas unos metros por encima del mar.
Hoy, la sociedad del bienestar que posibilitó este despliegue es solo un recuerdo. El acceso a una segunda vivienda es un privilegio al alcance de pocos y estos modelos más dispersos o extensivos se ponen en cuestión por su impacto frente a desarrollos más concentrados e intensivos. Y es que, ciudades densas creadas para el turismo de masas, como Benidorm, han sido alabados por sociólogos, geógrafos o investigadores. Como apunta Ergosfera, hasta el filósofo Henri Lefebvre la consideró la ciudad más habitable tras la Segunda Guerra Mundial.
Leyes, crisis y movilización social. La Ley de Costas de 1988 sentó un nuevo marco legal, administrativo y conceptual con el que enfrentar la ocupación del litoral español y entender las formas en las que la arquitectura y el urbanismo han sido cómplices de este proceso de ocupación y colonización de la delgada —o ancha— línea entre la tierra y el mar.
La norma, surgida a partir del incremento poblacional del país y la consecuente intensificación de algunos usos —turístico, agrícola, industrial, infraestructural—, pretendía dar respuesta a la “desnaturalización” y la privatización del litoral frente a la fragmentación de la legislación vigente hasta la fecha. Esta, hasta su modificación y minimización en 2013, fijaba las servidumbres de protección litoral y dejaba en situación irregular cientos de casos —desde residencias privadas a hoteles y otros equipamientos, muchos en manos extranjeras—, cuestionando los costes ambientales de la acción humana y la preservación.
Si bien este nuevo marco legislativo y cambio de paradigma trajo consigo la puesta en marcha de modelos de ocupación turística menos invasivos y movilizó el auge del campismo y el turismo rural, no frenó la continuidad de iniciativas invasivas y a la postre irregulares, especialmente en los años previos a la crisis financiera de 2008. Ejemplos como el Hotel Algarrobico, en el municipio almeriense de Carboneras, dentro del Parque Natural del Cabo de Gata-Níjar, son un claro ejemplo. Iniciada su construcción con permiso en 2003 pero con licencia de los años ochenta, previa a la protección del área, vulneraba la servidumbre de cien metros de la citada ley. Tras protestas de plataformas vecinales y activistas, el equipo de arquitectos nUNDO llevó a cabo, junto a Greenpeace, un plan de desmantelamiento del esqueleto, demostrando la viabilidad y la empleabilidad del proceso y la capacidad de revertir los efectos de la construcción fuera de ordenación. O su Informe para el Desmantelamiento, Restauración Ecológica y Evaluación del Impacto del Ciclo de Vida del proyecto Marina Isla, una propuesta para el desmantelamiento selectivo, el estudio del impacto del ciclo de vida y la restauración ecológica del entorno de la Isla de Valdecañas, un paraje de protección de aves (ZEPA) y de enorme interés paisajístico y natural, afectado por la construcción de un complejo de forma irregular.
Otros ejemplos de estos otros proyectos incluyen las investigaciones del arquitecto y artista Daniel Fernández Pascual sobre las afectaciones a especies de escarabajos tras la construcción del Macropuerto de Granadilla, en el Sur de Tenerife, vinculado a la intensificación turística del área, o las políticas de la resolución y el grosor de la línea de servidumbre de costa en humedales de Castellón o en ramblas en Valencia. O el proyecto de Diego Abellán y Joaquín Lucas Una piscina geopolítica, que aborda el impacto ecológico de los imaginarios y deseos vinculados a la piscina particular en la Vega Baja del Segura, uno de los entornos del Estado con mayor riesgo de desertificación.
Estos procesos muestran igualmente la capacidad de la arquitectura para comprometerse no solo con la construcción, sino también con el cuestionamiento y desmantelamiento de los modelos espaciales y arquitectónicos que atentan contra formas de vida, humanas y no humanas, en entornos de especial sensibilidad ambiental, y los marcos legales que los hacen posibles. Como apunta Keller Easterling, sustraer edificios es tan importante como construirlos y puede contribuir a nuevas estrategias urbanas.
Hoy, en un contexto de crisis climática y aumento de las temperaturas, los imaginarios hacen girar la mirada hacia nuevos territorios más atemperados, autodeclarados en eslóganes políticos como “refugios climáticos” en busca de nuevos proyectos y financiación. El nuevo auge del turismo internacional, el giro de las economías de determinados territorios hacia modelos únicos y monoculturas ha conducido también a la movilización social y la oscura sombra del rechazo al otro. En un contexto global de acceso más amplio al turismo, pero también de acumulación del suelo y la propiedad, y de modelos urbanos cada vez más monofuncionales, entender cómo la arquitectura acompaña a los modelos sociales, pero también a los imaginarios del descanso y del deseo, es clave para entender su valor político y su agencia en posibles transformaciones.
Con todo, estaremos de acuerdo en que las vacaciones y el turismo, con todas sus implicaciones, son un gran invento.



