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Itinerary
La tardomodernidad dejó en Canarias ejemplos singulares. Arquitecturas exuberantes, a veces delirantes, que hoy pueden leerse como huellas, ficciones, promesas incumplidas. Revisarlas no implica nostalgia, sino una forma de pensar el presente: cómo habitamos el territorio, qué imágenes lo construyen y de qué manera el tiempo libre y el turismo de masas moldean también nuestro paisaje simbólico.
Itinerary curated by
Maria Laura Benavente Sovieri
Su investigación está ligada al campo de la fotografía como punto de partida de experimentación hacia otros medios en torno a la imagen. Su interés en el archivo busca mostrar cómo los documentos crean espejismos que, en ocasiones, se vuelven más intensos que los hechos acontecidos. Derivando hacia proyectos post-documentales, se centra en la huella dejada por el turismo de masas y su interrelación con procesos como la explotación agraria, las conexiones con el tráfico marítimo y los flujos de mercancías. Licenciada en Bellas Artes por la Universidad de La Laguna desde 2009, destacan sus exposiciones individuales en el Ateneo de La Laguna y TEA Tenerife Espacio de las Artes. Ha participado en proyectos colectivos y transdisciplinares como el espacio de proyectos El Apartamento, la editorial independiente La Piscina y Onda Corta, Laboratorio de Documentación en TEA.
Means of transport
La arquitectura turística del litoral norte de Tenerife me permite explorar los vínculos entre imagen, deseo y territorio. En el proyecto El último día de las vacaciones, el edificio Altagay —obra del arquitecto Luis Cabrera, en Punta del Hidalgo— me sirve como punto de partida para pensar los efectos de la expansión turística en la costa de La Laguna durante los años sesenta.
El modelo turístico de la isla se bifurca entre dos litorales: norte y sur. Dos orientaciones, dos climas, dos paisajes casi opuestos a ambos lados de la cordillera central. A medida que se consolidaba el eje sur como destino privilegiado —gracias a la mejora de las comunicaciones, el auge de los hoteles y la apertura del aeropuerto Reina Sofía en 1977—, el impulso turístico del norte comenzó a diluirse. Lugares como Bajamar quedaron desplazados de ese relato ascendente.
La costa de Punta del Hidalgo —como gran parte del territorio insular— ha visto cómo se reducía la superficie agrícola, desplazada por el crecimiento inmobiliario. Fincas de plátanos fueron sustituidas por hoteles y apartamentos. En ese suelo se levantaron construcciones como el Altagay, el Nautilus o el Neptuno, sede de la primera Escuela de Turismo. Estas arquitecturas, pensadas para capturar una imagen de prosperidad turística, son también vehículos de deseo: nos invitan a pensar cómo nos relacionamos con el paisaje que proponen. Sobre una silueta litoral de baja altura, destacan dos edificios que rompen esa lógica: el Hotel Océano y el Altagay. Dos volúmenes aislados que actúan como recordatorio de las transgresiones urbanísticas cometidas en la costa, con construcciones que hoy serían inasumibles desde el punto de vista urbanístico.
“Como ves, la costa de Tenerife no es muy arenosa”, se lee al reverso de una postal de 1976. A diferencia del sur, donde el binomio sol-playa encuentra su forma ideal, el norte se caracteriza por una geografía volcánica, abrupta, azotada por los alisios. Las playas escasean, el baño exige adaptaciones. A cambio, se ofrece un paisaje crudo, poderoso.
Aun así, en ese breve intervalo de entusiasmo, el litoral norte construyó una nueva iconografía: piscinas de agua salada, terrazas abiertas al mar, cuerpos dorados por el sol, pistas de baile, barras de bar donde se sirven de cócteles... Las salas de fiestas y clubes nocturnos funcionaban como prolongaciones simbólicas de ese imaginario. Eran espacios proyectados hacia una idea moderna del ocio, asociados al exotismo, al ritmo y a la sensualidad de un cuerpo en pausa, recostado en la hamaca, o en movimiento, entregado al baile
En 1968, Pedro de la Cruz Romeralo ganaba un concurso de coctelería en el Puerto de la Cruz con una mezcla de Cointreau, ginebra Gordon’s, crema holandesa y azúcar glass. Lo llamó Nautilus, como el hotel en cuya barra servía su invención. Este cóctel encabezaba la carta del bar y formaba parte de una época en la que los hoteles aspiraban a la distinción a través de su coctelería. Tras su victoria, Pedro creó una segunda mezcla dedicada a la revista Costa Canaria, una publicación clave en la difusión de la imagen turística del archipiélago. La revista fue impulsada como parte del ambicioso proyecto 'Maspalomas, Costa Canaria', que buscaba promover la urbanización turística del sur de Gran Canaria y posicionar el destino en los circuitos internacionales del turismo moderno de la mano de Alejandro del Castillo Bravo de Laguna, noveno conde de la Vega Grande. El turismo, entonces, también se articulaba en estos gestos mínimos: una bebida con nombre propio, una promesa líquida.
El Puerto de la Cruz, pionero en el turismo insular desde el siglo XIX, forma parte de esta transformación. Su litoral compartía las mismas limitaciones: mar bravío, poca arena, difícil acceso. Frente a la debilidad competitiva que eso suponía, la respuesta fue una operación de imaginación territorial. En lugar de arena fina, hay escolleras, charcos, plataformas de roca. Estos elementos, ajenos al turismo convencional, exigieron nuevas formas de domesticación. El litoral debía reinventarse como espacio de disfrute. Así, el baño pasó de ser inmersión en naturaleza a experiencia escénica. La costa se convirtió en solárium, terraza y teatro.
Encontramos como ejemplo más evidente: el complejo Costa Martiánez, y en particular el Lago Martiánez. Inaugurado en 1977, fue el resultado de una colaboración entre los ingenieros Juan Alfredo Amigó y José Luis Olcina y el artista César Manrique, que ya había intervenido en el Hotel Las Vegas. Fue precisamente el propietario del hotel, Cándido García Sanjuán, quien sugirió incluir a “ese artista que estaba haciendo cosas en Lanzarote”.
El Lago Martiánez ocupa más de 30.000 m² ganados al mar. Con sus piscinas de agua salada, jardines, terrazas, esculturas y arquitecturas inspiradas en lo vernáculo, el complejo articula una escenografía envolvente. Cada elemento —desde el trazo curvo hasta la vegetación autóctona— responde a una idea total de puesta en escena. El turista no solo mira: participa, cuerpo, paisaje y espectáculo se integran.
Dentro del complejo, la Sala Andrómeda es un caso singular. Concebida como una “sala subacuática” para discoteca y sala de fiestas, buscaba ofrecer espectáculos y bailes bajo el nivel del agua. La idea original incluía un ventanal que conectara visualmente con las piscinas exteriores, pero los materiales disponibles en la época no permitieron realizar esa visión con garantías. Se optó por instalar peceras que, con el tiempo, fueron retiradas por su difícil mantenimiento. Bailando entre reflejos de acero pulido, agua y destellos de su gran bola de espajos. El interior de la sala, recubierto de acero, confería al espacio una atmósfera futurista y acuática, a medio camino entre una nave espacial y una burbuja submarina. Es un sujeto que se pone en escena y participa del rito colectivo del ocio moderno. La sala no es solo un contenedor, sino parte del espectáculo. Como en todo el Lago, el espacio se convierte en una máquina escénica total.
Como apunta Gilberto González en la publicación Internacional de Arte Contemporáneo, estas arquitecturas del ocio recuerdan las escenografías diseñadas por Ken Adam para las películas de James Bond: espacios pensados con un claro deseo de espectáculo. Son, en esencia, construcciones que funcionan como auténticas guaridas de villano, esas arquitecturas de fantasía que no se limitan a ser residencias o escondites, sino que son expresiones poderosas de carácter y personalidad. Esta visión coincide con la mirada de César Manrique, un creador marcado por su pasión por el cine, capaz de imaginar sus obras como escenarios en los que el paisaje, la arquitectura y la experiencia del visitante se combinan para construir narrativas inmersivas.
Durante las décadas de los sesenta y setenta, el Puerto desarrolló una infraestructura de ocio paralela a la hotelera: discotecas, clubes, salas de fiesta. La animación formaba parte del servicio. Música en vivo, cócteles y pistas de baile. Cada hotel buscaba condensar su identidad en una bebida propia. En 1969, Ángel Vera Valero del Hotel Las Vegas obtuvo el primer premio por su cóctel Veracruz. Luis Martín Cano, del Orotava Garden, quedó segundo con Luigi. La bebida se convertía en símbolo. Una atmósfera, un nombre, una promesa. Con el tiempo, esa sofisticación se desdibujó: llegaron los colores artificiales, las decoraciones excesivas, los sabores dulzones. Una estética del exceso y el todo incluido reflejaba también el agotamiento de un modelo.
Puerto de la Cruz y Las Palmas compartieron un origen en el turismo de salud decimonónico de mano de los ingleses, pasando en este al desplazamiento del turismo hacia el sur, junto con fenómenos climáticos como la panza de burro, terminaron por desactivar su atractivo. El declive revelaba algo más profundo: la persistencia de un modelo extractivo que ha definido la economía insular. De la caña de azúcar a la vid y del plátano al turista.. Siempre un solo recurso, guiado desde fuera. Hasta 1975 no existió un Patronato de Turismo. La iniciativa privada marcaba el rumbo sin planificación común. La transición del campo al bar-piscina fue, muchas veces, una reconversión forzada. Las salas de fiestas funcionaron como arquitecturas del entusiasmo, pero también como límites visibles de un modelo insostenible.
Josephine Baker actuó en la Sala Altavista en 1968 y en la Sala Andrómeda en 1977. Es un dato menor, pero pensar que la misma artista bailó en dos salas redondas, en dos islas distintas, en medio del Atlántico, tiene algo de alineación cósmica. Ambas arquitecturas —la del Altavista y la Andrómeda— responden a una lógica escénica: planta circular, vocación envolvente, geometría diseñada para el espectáculo. El arquitecto del Altavista, Andrés Boyer, venía del Ministerio de la Vivienda; dibujó esa silueta elevada sin saber que décadas después se cantaría góspel en su interior. En el caso del Altavista, la sala de fiestas se convirtió con los años en iglesia evangélica coreana. La planta redonda, ahora vista desde el cielo, recuerda al taeguk de la bandera surcoreana: ese símbolo que representa la dualidad complementaria, lo visible y lo invisible, la armonía entre opuestos. Tal vez no sea más que una coincidencia, pero hay algo sugerente en pensar que una arquitectura pensada para el delirio musical de los años sesenta ahora sostiene cantos espirituales cada domingo. La Sala Andrómeda también persiste: bajo el agua, con abertura de donde cuelga una bola de discoteca como un planeta suspendido. Ambas fueron, en su momento, hitos del ocio moderno en unas islas que acababan de ser descubiertas por el turismo. La sala de fiestas, como tipología, respondía al deseo aspiracional de sofisticar lo periférico: proyectar una idea de modernidad en lugares donde aún quedaban huellas de monocultivos coloniales. Porque antes del turismo fue el tomate, antes del camarero fue el agricultor.
Desde 2018 llevo desarrollando una investigación donde la fotografía toma el cuerpo de la arquitectura y que despliego de forma instalativa. Trabajo con piezas que moldean la superficie fotográfica, doblándola, plegándola y dotándola de fisicidad, abriendo líneas exploratorias entre la imagen y lo espacial.



