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Itinerario
Lo digital ya está en todos lados. Atraviesa las formas como nos relacionamos, nos informamos y comunicamos, o como trabajamos, consumimos, nos alimentamos, nos divertimos, o nos cuidamos... Así, ya no podemos pensar lo “físico” como algo disociado de lo “digital” y, por tanto, tampoco podemos —ni debemos— entender las formas contemporáneas de proyectar, construir y vivir nuestras arquitecturas y ciudades sin tener en cuenta sus dimensiones digitales.
En 2024, la palabra del año escogida por Oxford University fue “brainrot”, que podría traducirse como “podredumbre mental”, para referirse al deterioro cognitivo causado por el consumo excesivo de contenido en línea de baja calidad. Una nueva palabra puede decirnos mucho sobre la época en la que ésta nace y se emplea. Junto a podcast (2005), GIF (2012), o selfie (2013), vemos cómo éstas nos hablan de dinámicas y conductas reconocibles en distintos momentos de nuestra entrada en la era digital. Del mismo modo han mutado, en el correr de las últimas décadas, las metáforas (siempre espaciales) con las que nos referimos al propio internet, ya sea como una “autopista de la información”, una “red global”, o una “nube”.
Itinerario comisariado por
Diego Morera Sánchez
Comisariado web, la Casa de la Arquitectura
Antonio Giráldez López
Comisariado web, la Casa de la Arquitectura
Pablo Ibáñez Ferrera
Comisariado web, la Casa de la Arquitectura
Medios de transporte
Como en otros fenómenos sociotécnicos, nos recuerdan danah boyd & Kate Crawford, además de lo tecnológico, la dimensión mitológica y narrativa también construye estos mundos, ya sea desde retóricas tanto utópicas como distópicas. Si desde la popularización de internet hemos vivido diversas olas de promesas, miedos, certezas y controversias, este itinerario se propone identificar y recorrer algunas de sus posibles etapas desde su correlato arquitectónico.
De las más de tres mil obras que conforman el catálogo de la Casa de la Arquitectura solamente una decena utilizan la palabra “internet” o “digital” en las memorias descriptivas de sus autores. El recorrido se centrará en estas apariciones para ver cómo lo digital ha sido concebido de muy distintas maneras: como espacio de experimentación y promesa futura, como servicio/espacio público, desde la idea de “lo híbrido”, utilizado como herramienta, proceso y estética, o entendido como nueva infraestructura urbana.
Cuando internet y las nuevas herramientas digitales estaban en manos de algunos pocos expertos y aficionados el Edificio Espai Verd de Antonio Cortés Ferrando, inaugurado en 1983, innovaba, entre otros aspectos, al incluir una red de banda ancha para información en el propio proyecto. Eran tiempos de un mundo digital incipiente, aún desconocido y vivido como promesa de futuros venideros más democráticos. Un universo de posibilidades que se abría también para la arquitectura.
Situado en la ciudad de Valencia, se trata de un singular conjunto residencial cooperativo guiado por búsquedas humanistas y espirituales. Conformado por 108 “adosados en el aire” con terraza, no fue solamente experimental por su construcción en altura con frondosas zonas de vegetación, sino también pionero en la programación de un software experto de cálculo de estructuras, que mereció el reconocimiento del Instituto Eduardo Torroja, y que anticipaba el uso que estas tecnologías tendrían en la disciplina.
Continuando el hilo de visiones optimistas, pero más cercanos en el tiempo, Ábalos & Herreros inauguraban en 2004 la Plaza y torre Woermann en Las Palmas de Gran Canaria que describían como “un bosque virtual desde el que disfrutar de la utopía de vivir y trabajar inmersos en un paisaje híbrido de sombras naturales y artificiales sin escala”.
La idea de lo híbrido característica de la obra de estos arquitectos, trascendía aquí lo programático para inundar también sus atmósferas interiores. A través de un ejercicio esquemático y una forma de aproximarse a lo digital muy de su época, sus 2000 m² de fachadas vidriadas incluían motivos vegetales grabados en cristal de color amarillo que referían a la digitalización de la imagen de un bosque.
Por aquellos mismos años, en las memorias de la Biblioteca Municipal en Villanueva de la Cañada en Madrid, Churtichaga+Quadra-Salcedo Arquitectos hablaban de un uso de Internet y unas nuevas tecnologías de la comunicación que estaban “imponiendo un estilo arquitectónico nuevo y adaptado de acuerdo con las necesidades cambiantes”. Su correlato espacial se vería en el diseño ascendente del proyecto por las áreas de estudio y “salas de Internet” “hacia el aprendizaje y el conocimiento, en sí mismo el principal objetivo de una biblioteca pública”.
El acceso a internet como un derecho o un servicio que debe ser público también lo veríamos en la concepción de La Factoría jóven de Selgascano en Mérida, Badajoz. Allí, el “internet de banda ancha” aparecería mezclado con un oferta de posibilidades variadas como skatepark, rockódromo, modding, modelismo, graffiti, teatro de calle, actividades circenses, videoarte, música electrónica, o manga. Si “su intención ha sido que no exista filtro alguno para nadie” el internet de esa época debía ser un ingrediente fundamental como una amalgama “libre” entre espacios, actividades y personas.
En esta línea, el MediaLab Prado y su Led Action Facade de Langarita Navarro en Madrid fueron ejemplos emblemáticos a nivel cultural y arquitectónico de la apertura de lo institucional a la cultura digital como confluencia entre arte, ciencia, tecnología y sociedad. A nivel edilicio, daba cuenta de ello la adaptación de las edificaciones existentes transformadas “no como un producto consumado sino como un proceso abierto, versátil y activado por los usuarios”.
Y, más literalmente, a través de la aparición de una enorme fachada led volcada hacia un espacio público contiguo que funcionaría como un “soporte digital de geometría irregular y fácilmente adaptable preparado para la emisión de imágenes de resolución media tanto fijas como en movimiento”.
Mientras tanto, en Barcelona se desarrollaba el Distrito 22@, un nuevo sector urbano de 200 hectáreas de suelo industrial reconvertido para la concentración estratégica de actividades intensivas en conocimiento, que no ha estado ajeno a críticas. Allí aparecía el Edificio Media-TIC, de Cloud 9 interesado por un “modelo de ciudad digital, donde lo que cuenta es el conocimiento, la información, las patentes, la comunicación y el valor añadido”.
Sus autores dirían: “primero fue la revolución industrial y ahora estamos inmersos en la revolución digital. (...) Ahora, en la era de la información, la arquitectura tiene que ser una plataforma tecnológica donde lo que importa son los bits, la conectividad, los nuevos materiales, la nanotecnología y la capacidad de dar solución a una recuperación medioambiental global”. La arquitectura aparecía, así, como una plataforma que debía dar lugar a infinitas posibilidades fruto de una integración urbano-tecnológica que pudo resultar demasiado optimista y, a los ojos de hoy, incluso naíf.
Más recientemente, vemos proyectos como Booom City de Amelia y Paula Vilaplana y Jardines en el aire de Nomad Garden, de 2016 en Alicante y 2020 en Sevilla, respectivamente, que abordan lo digital como herramienta de diseño y producción, como proceso y estética.
Ambas instalaciones introducen el uso de nuevas tecnologías para ofrecer una experiencia expandida de la ciudad a través del trabajo con lo ecosistémico —uno es autodefinido como una “hoguera ecológica y ecologizante” y el otro como un proyecto de “renaturalización urbana”—, el trabajo interdisciplinar, o la participación de los usuarios y las comunidades vecinas desde la celebración colectiva.
Finalmente, nos acercamos a dos proyectos más recientes, en los que lo digital se asocia a distintas posiciones activistas. Por un lado, el “Plan n'UNDO #Manilva_hacia una Agenda Urbana”, de 2022 para Manilva, Málaga se presenta como un plan urbano que persigue los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la Agenda 2030 de Naciones Unidas, en el que lo digital aparece como un soporte capaz de facilitar el acceso de la ciudadanía y de facilitar su gestión y el seguimiento de sus diferentes fases.
Por otro, el “Plan especial de usos vinculados al reparto a domicilio”, desarrollado por 300.000 km/s para Barcelona, nos habla de una toma de consciencia desde la planificación urbana de la reciente infraestructuralización de las plataformas digitales. Así, presta atención a los acelerados nuevos impactos en los tejidos urbanos de una “digitalización de los hábitos de consumo a través del comercio electrónico, que han modificado sustancialmente las formas de abastecimiento, generando una nueva movilidad asociada al intercambio final del servicio y la mercancía”.
Al partir de proyectos que ya conforman el catálogo de la Casa de la Arquitectura, sin dudas este itinerario ha dejado fuera numerosas obras y proyectos que también merecerían estar en esta línea cronológica. Por nombrar algunos, se destaca la trayectoria de trabajos de Marina Otero Verzier en torno a la materialidad de las infraestructuras digitales, la automatización o la huella de los extractivismos asociados al desarrollo de tecnologías digitales; o proyectos como “Grindr Archiurbanism” de Andrés Jaque / Office for Political Innovation o las investigaciones de Eva Gil sobre las relaciones entre arquitectura y computación desde mediados del s.XX hasta la actualidad.
Cuando lo digital ya está en todos lados, la arquitectura no puede quedar fuera de los diálogos necesarios para abordarlo de forma crítica y propositiva. Lo que los proyectos revisitados y mencionados en este itinerario nos recuerdan es que existen muy variadas maneras de hacerlo, ya que la creatividad para imaginar y construir mundos posibles también está en todos lados.



