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Itinerario
Galicia disfruta en las últimas décadas del siglo XX de un inédito panorama de difusión de su arquitectura. Son muchos los porqués que explican esta fortuna crítica e historiográfica, entre los que cabría destacar la creación del Colexio Oficial de Arquitectos de Galicia (COAG) y la Escola Técnica Superior de Arquitectura da Coruña (ETSAC), la emergencia del estado autonómico o el reconocimiento de una arquitectura impregnada de sus riquísimas raíces culturales vistas desde el exterior con una curiosidad casi telúrica y atávica evocada por esta periferia entre las periferias peninsulares.
Colexio y Escola
La vital aparición del COAG y la ETSAC ambicionaba colocar las problemáticas concretas de Galicia en el centro de la agenda profesional. Ello se traducirá en una mayor implicación de la arquitectura en el universo cultural gallego, con contactos que ya se venían fraguando desde el Laboratorio de Formas del intelectual y artista Isaac Díaz Pardo. En este sentido, Andrés Fernández-Albalat Lois ejerció como arquitecto «oficial» de esta fundamental empresa cultural, desde Santiago a Sargadelos (Cervo), pasando por O Castro de Samoedo (Sada).
Itinerario comisariado por
Santiago Rodríguez Caramés
Santiago Rodríguez Caramés (Vigo, 1994). Doctor en Historia del Arte por la Universidad de Santiago de Compostela con la tesis "O lugar da arquitectura galega contemporánea (1970-2000) autorreflexións e olladas vernáculas. Teoría, historiografía, praxe". Actualmente profesor asociado en la Universidade de A Coruña. Su trabajo examina la producción arquitectónica gallega contemporánea y moderna.
Medios de transporte
Los primeros tiempos del colexio serán determinantes para situar a Galicia en el eje de los debates internacionales, traducido en una generalizada sensibilidad por el patrimonio histórico. De hecho, la primera gran campaña colegial por la salvaguarda del patrimonio se articulará alrededor de un edificio cuya simbólica pérdida resuena aún en la conciencia de parte de la sociedad compostelana, el Edificio Castromil —originalmente Quiqui Bar— de Rafael González Villar.
La emergencia de unas instituciones propias generará también una suerte de genealogías profesionales y creativas que se habrían de sumar a los magisterios exteriores. En este sentido, Miguel Ángel Baldellou entendía que la arquitectura de este periodo se movía entre las influencias de Aldo Rossi, Álvaro Siza y del eterno maestro pontevedrés Alejandro de la Sota, que en estos años firma una de sus obras gallegas más notables, la Casa Domínguez (A Caeira, Poio).
Lo local en lo global
El creciente interés por estudiar y valorar un patrimonio propio conducirá, como en otras tantas geografías, a una reinterpretación de las formas tradicionales y sus elementos materiales, desde la casa hasta las tipologías más variopintas, como una suerte de reacción disciplinar a la crisis de la modernidad. No en vano, una de las tendencias teóricas más relevantes de esta lectura, el regionalismo crítico, no sólo tendría difusión en el debate gallego, sino que la arquitectura gallega tendría un hueco en su difusión crítica. De esta manera, en su viaje por el conjunto del estado en 1985, Liane Lefaivre y Alexander Tzonis, quienes acuñaron el término «regionalismo crítico» como una conciliación entre lo local en global sin los constreñimientos formales de la modernidad y las ensoñaciones postmodernas, prestaron una especial atención al caso gallego.
Lefaivre y Tzonis destacaban, entre otros, la utilización de las pastas en la obra de Xosé Bar Bóo, es decir, bloques ciclópeos de granito utilizados tradicionalmente para emparrados y cierres de fincas que, desposeídos de cualquier función sustentante, se erigen como referencia a la memoria material gallega. Por otro lado, en el marco de la puesta en valor del centro histórico de Combarro, Pascuala Campos incluía el reacondicionamiento de un viejo lavadero con una estructura a caballo entre un templo clásico y los hórreos que proliferan en este pintoresco pueblo, una toma de referencias que, lejos de constituir un simple apunte formal, alude a la necesidad de atender a la esfera reproductiva de los cuidados desde la planificación urbanística.
La desconfianza que el regionalismo crítico profesaba hacia el Post-Modern será también replicada en Galicia. Así, fuera de las antologías canónicas, el polémico y autoproclamado «diseñador urbano» Antonio Vázquez Liñeiro y su Taller de Arquitectura y Urbanismo irradiarán estas tendencias en la Coruña del alcalde Francisco Vázquez y de tantos promotores inmobiliarios seducidos por este tipo de arquitectura que, como Portoghesi en la Bienal de Venecia de 1980, pregonaba el «fin del prohibicionismo» modernista.
Instituciones y autonomía
Aun revelando sus limitaciones, el nacimiento de la administración autonómica sería visto inicialmente como una oportunidad de reconciliar la arquitectura con el territorio a través de una administración más sensible al hecho diferencial o, en palabras de Iago Seara, su nacionalidade espacial. La transferencia de competencias dará lugar a una multiplicación de proyectos de centros de salud, colegios e institutos, dotaciones culturales y dependencias administrativas. Desde lo municipal, con ejemplos como la Casa do Concello de Cangas de Alberto Noguerol y Pilar Díez, hasta la propia administración autonómica, la arquitectura se erigirá como la materialización del nuevo espíritu de época. La rehabilitación tendrá un papel fundamental en este proceso, como bien testimonia la reconversión del viejo cuartel de O Hórreo en Parlamento de Galicia según proyecto de Andrés Reboredo. No en vano, los años ochenta inauguran una retahíla de intervenciones sobre el patrimonio histórico promocionadas desde la autonomía no sólo para nutrirla de infraestructura institucional, sino también para la explotación turística del territorio, como la conversión del monasterio de Santo Estevo de Ribas de Sil en Parador.
La consagración de un periodo
La celebrada contingencia arquitectónica gallega del último tercio de siglo tendría su particular guinda en el reconocimiento de las dos figuras más significativas de este periodo para crítica e historiografía: Manuel Gallego y César Portela. Ambos reciben el Premio Nacional de Arquitectura en 1997 (y 2018) y 2000, respectivamente, en un momento en que las revistas de arquitectura difundían dos de las obras fundamentales de su obra. De un lado, en el Museo de Belas Artes de A Coruña, Gallego propone una reconversión total de las antiguas dependencias del convento de las capuchinas como una forma de transición entre la ciudad histórica —el barrio de la Pescadería— y el polígono de Zalaeta, acreedor del desarrollo especulativo de la ciudad. En el polémico —por su desuso— cementerio de Fisterra, Portela ordena un dispositivo de artefactos —«hórreos de la memoria», en palabras de Carlos Martí— sublimados por el paisaje de la Costa da Morte.
Teleologías xacobeas
La Compostela de los noventa es, sin duda, uno de los escenarios más vigorosos de la arquitectura finisecular gallega. A su condición de nueva capital autonómica se añade su innegable herencia histórica, que, en tiempos del alcalde-arquitecto Xerardo Estévez y a través del nuevo Plan Especial de la Ciudad Histórica, intentará conjugar patrimonio histórico y contemporaneidad a través de propuestas de arquitectos gallegos e internacionales. Uno de los episodios más destacados es la ordenación del parque de Bonaval bajo la dirección de Álvaro Siza e Isabel Aguirre, un proceso comenzado por el portugués y su Centro Galego de Arte Contemporánea.
Esta efervescencia, consolidada por la creciente proyección de Santiago y su Camino a través de la marca Xacobeo, buscará su mayestática coda en el concurso de la Cidade da Cultura de Galicia. El ganador, Peter Eisenman, despliega un amplio aparato simbólico como justificación de su histriónico y polémico proyecto: la trama de la ciudad vieja es deslocalizada al monte Gaiás, próximo al centro da ciudad, donde el estadounidense enmarca la composición en una malla reticular y la forma de la vieira empleada por los peregrinos.



