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Itinerario
Más allá de los méritos y deméritos de los distintos pabellones de la Exposición Universal de Sevilla de 1992, en su diseño se advierte la creciente importancia de un tipo de arquitectura que ganará relevancia en las décadas siguientes: la llamada “arquitectura bioclimática”. Bajo el título de “La era de los descubrimientos”, el evento conmemora —no sin polémica— la colonización de América y despolitiza esta empresa centrándose en la tecnología como el activo que la hizo posible. Uno de los mayores desafíos que presenta la celebración de la Expo ’92 son las altas temperaturas del verano sevillano, motivo de preocupación para las distintas organizaciones estatales e internacionales responsables del evento. Conscientes de la necesidad de garantizar el confort corporal del visitante (proveniente, principalmente, de los países del Norte) y distanciándose de la dependencia moderna del aire acondicionado y su alto consumo de combustibles fósiles, la organización recurre a arquitecturas que mitigan el calor sin necesidad de grandes aportes energéticos.
Itinerario comisariado por
Lluís Alexandre Casanovas Blanco
Es arquitecto y comisario, Doctor en Historia y Crítica de la Arquitectura por la Universidad de Princeton y Master en Advanced Architectural Design por la Universidad de Columbia, fue becario Helena Rubinstein de Estudios Críticos en el Programa de Estudios Independientes del Whitney. Su obra de diseño ha sido reconocida con varios premios, entre ellos el Premio Simon de Arquitectura 2018, el Premio Bauwelt 2019 y el Premio FAD 2017 de Teoría y Crítica de la Arquitectura. Fue comisario de la nueva colección de arquitectura y diseño del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía y del Departamento de Educación, y curador jefe de la Trienal de Arquitectura de Oslo 2016 junto con la Agencia After Belonging. Ha comisariado proyectos en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, la Fundación Cerezales Antonino y Cinia o La Casa Encendida.
Medios de transporte
Más allá de cuestiones técnicas, el clima será central en algunas de las arquitecturas y el urbanismo de la Expo’92, que vincularan el frío (del Norte) con la razón y el desarrollo —y, por consiguiente, el calor (del Sur) con el subdesarrollo y la irracionalidad—. El uso de metáforas coloniales para hablar de operaciones infraestructurales de acondicionamiento térmico anticipará, además, teorías sobre la estrecha relación entre procesos extractivos coloniales en América Latina y el avance de la crisis climática planetaria. Por ejemplo, el manifiesto de convocatoria de la plataforma Desenmascaremos el 92, integrada por numerosos grupos ecologistas, denunciará ya, en los albores de la Exposición, la “devastación ambiental sin precedentes” que resulta de la aplicación a escala global del modelo productivo capitalista en el que el evento se inscribe y sitúa su inicio en la colonización española de América.
El Plan Director de la Expo ‘92 contempla una serie de actuaciones arquitectónicas, organizativas e incluso psicológicas para lograr un descenso de las temperaturas hasta los niveles de confort considerados adecuados en las zonas donde se desarrollaran las actividades principales del evento. Varias de las propuestas urbanísticas presentadas al concurso para la reordenación de la Isla de la Cartuja en 1986 recurren a la iconografía colonial o a imaginarios indígenas para justificar metafóricamente las grandes operaciones de acondicionamiento del recinto, con guiños, incluso, a las arquitecturas precolombinas.
Un ejemplo es la propuesta del arquitecto argentino-estadounidense Emilio Ambasz, ganadora ex aequo del concurso de urbanización, junto con la presentada por el arquitecto español José Antonio Fernández Ordóñez. Ambasz propone el vaciado de la Cartuja para crear tres grandes lagunas concatenadas y aprovechar así la inercia térmica del agua en la reducción de temperaturas en la orilla. Este conjunto de estanques, donde flotan los distintos pabellones, reproduce, según Ambasz, un océano Atlántico caracterizado en las láminas del concurso como lugar de encuentro y comunicación y exento de violencia y extractivismo. Aunque desde la Expo se invitó a los arquitectos a construir una síntesis de ambas propuestas, la ordenación final del recinto apenas conservará rastro alguno de las virtudes que el jurado del concurso identifica en cada uno de los proyectos.
Con el fin de ensayar estrategias de control climático del recinto, en 1987 la Sociedad Estatal Expo’92 acude al Seminario de Arquitectura Bioclimática de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Sevilla, liderado por el arquitecto Jaime López de Asiain. El Seminario desarrolló un programa piloto para estudiar la implementación de sistemas de refrigeración sin aporte energético, basados en la recuperación de técnicas tradicionales de distinta procedencia geográfica y la reproducción de fenómenos naturales a través de nuevas tecnologías en los espacios públicos.
Para desarrollar los sistemas de control ambiental de los espacios abiertos, a partir de 1987 se prototiparán, a escala real, estrategias para mejorar las condiciones ambientales de las distintas áreas públicas del recinto. Además de las pérgolas que cubrirán los circuitos peatonales, se erigirá un espacio cubierto por una estructura piramidal abierta como ensayo de las zonas de descanso: la llamada Rotonda bioclimática. Aquí, un equipo cuantificará los resultados de la acción combinada de distintos sistemas bioclimáticos —pérgolas, pavimentos fríos, torres de enfriamiento, vegetación, conductos de agua soterrados, el uso de agua en forma de fuentes, láminas o nebulizadores, etc. — en la mitigación de los efectos canícula sevillana.
Sus investigaciones tomarán como referencia el diagrama bioclimático de los hermanos Victor y Aladar Olgyay, desarrollada para medir variaciones en las supuestas condiciones universales de confort de un cuerpo (occidental), especialmente en entornos no temperados. En las pruebas más exitosas, en la rotonda se conseguirá reducir de 5º C a 8º C en relación con la temperatura exterior ambiente. Aunque se desestimará el uso directo de esta construcción en el recinto, muchos de los sistemas testados en la rotonda se aplicarán a los espacios abiertos.
La acción del vapor de agua en el descenso de temperaturas resultará clave en el diseño de varios espacios del recinto como, por ejemplo, la Esfera bioclimática, una traducción en forma geodésica de la estructura cartesiana que, en el logotipo de la Expo, reorganiza e interconecta la superficie del globo terráqueo. Los diferentes circuitos de nebulizadores que coronan cada triangulación quedan expuestos a las brisas que atraviesan la Cartuja, produciendo una nube de vapor que se posa sobre la Avenida de las Palmeras.
Estrategias similares se implementarán también en las torres de viento de la Avenida de Europa, que dan acceso a los pabellones de los países miembros de la Comunidad Económica Europea, o El Palenque, un espacio de 8.000 m2 concebido para simultanear grandes actividades y espectáculos con el descanso de los visitantes. La Avenida de Europa, obra del equipo conformado por Jean-Marie Hennin y Nicolas Normier junto el fundador del Institut für Tropenbau, Georg Lippsmeier, se caracteriza por doce imponentes torres de viento idénticas, de treinta metros de altura, dispuestas en dos hileras. En la cima de las torres, un conjunto de alerones desvía las brisas hacia el interior del tronco, donde nebulizadores reducen su temperatura y generan una corriente de aire que refresca a los transeúntes.
En El Palenque, el arquitecto José María de Prada Pool unirá las torres para formar una extensa matriz continua, con orientaciones diferentes que maximizan la captación de brisas. Los efectos del acondicionamiento se hacen tan populares que, en uno de los televisores que conforman la obra Lenin Cumbe (1992), el colectivo de artistas malagueño, Agustín Parejo School, señala los efectos imprevistos de las torres de la Avenida Europa que, debido al “efecto Venturi” o diferencia de presiones entre la parte inferior y superior de las torres, succiona a una joven visitante al recinto.
La Rotonda Bioclimática revela también los ventajosos efectos de la vegetación en la provisión de sombras. Estas no sólo evitan el sobrecalentamiento de las vías peatonales, sino que mitigan, a través de su transpiración, el aumento de temperatura que la radiación solar produciría sobre las superficies que bloquean los rayos.
El uso masivo de vegetación en el recinto se encuentra también atravesado por las políticas extractivistas coloniales. La selección de plantas se hará a partir del programa Raíces, que consiste en aclimatar más de cuatrocientas especies autóctonas de veinticuatro países latinoamericanos, la mayoría concentradas en el área del recinto conocida como Jardín Americano. El proyecto salda, según sus responsables, la deuda histórica con las fallidas empresas coloniales anteriores, cuyos objetivos se habían alcanzado esta vez gracias a la eficacia de las comunicaciones modernas. Según Benito Valdés, responsable del programa: “Los medios modernos de comunicación contribuyeron en gran medida a garantizar el éxito del Programa Raíces, y contrastan notablemente con los utilizados en siglos pasados, sobre todo en el XVIII, cuando al convertirse la Botánica en una ciencia utilitaria, se organizó y financió por la corona un programa de envío de plantas desde América a España, así como importantes expediciones científicas.”
Tal vez, el ejemplo más claro de la proyección ideológica sobre el clima desplegada en Sevilla sea la propuesta del Pabellón de Chile, que exhibe en Sevilla un gigantesco bloque de hielo dulce extraído de la Antártida por la armada chilena. Para sus organizadores, la operación supone una demostración de fuerza que busca distinguir a Chile del resto de países latinoamericanos, posicionando su mercado como altamente dinámico y competitivo ante la incipiente Comunidad Económica Europea. Más allá de la reclamación histórica del territorio patagónico, con esta gesta el país pretende dejar claro que “Chile no es un país tropical, en el mal sentido de la palabra, con palmeras y dictadores”, sino “un país frío y eficaz,” diferente a “la nebulosa de los países del Tercer Mundo y Latinoamérica”.
El conjunto, que suma más de 200 toneladas, se descompondrá en bloques para su transporte en barco, reensamblados de nuevo una vez en Sevilla. Como subrayan varios grupos ecologistas chilenos, la lógica neoliberal en que se sustenta toda la operación “incita a saquear el continente de la paz”, garantizando la pervivencia de la lógica extractivista colonial con la connivencia de las oligarquías locales. Para mantener la escultura a temperaturas inferiores a cinco grados bajo cero, el Pabellón de Chile recurre a sistemas de aire acondicionado de alto consumo energético, en claro contraste con las estrategias pasivas que caracterizan a los espacios públicos de la Expo.
La degradación del territorio y la especulación urbana que estos macroeventos producen explica el enorme protagonismo de los grupos ecologistas locales y nacionales en los movimientos de oposición a la Exposición. Estos carecen aún de las herramientas teóricas y de las investigaciones históricas que, desarrolladas con posterioridad, permitirán articular la relación entre extractivismo colonial y destrucción medioambiental. Tal vez, su crítica más singular sea el rechazo al plan de desarrollo de la nueva línea de tren de alta velocidad Madrid-Sevilla, cuya rápida planificación supone un irremediable impacto medioambiental sobre el territorio meridional. Esta oposición fortalecerá el ecologismo en Sevilla, que emerge en torno a una serie de conflictos urbanos a mediados de los años ochenta y cobrará protagonismo con el proceso de transformación de la ciudad de cara a la Exposición Universal. Estos grupos subrayan, como se aprecia en los materiales producidos por la Plataforma para la Recuperación de los Jardines del Valle, que los sistemas de propiedad neoliberal que alimentan la especulación inmobiliaria en Sevilla y el sistema colonial de saqueo en América Latina comparten lógicas de concentración de poder.



