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Itinerary
Cada época acota los límites de lo que es imaginable y construible en cada momento. Obras que se proyectaron con la intención de dotar de identidad al lugar en un contexto cada vez más estandarizado son, sin embargo, en ocasiones percibidas como un objeto extraño que debe ser eliminado. En este itinerario realizaremos un repaso por algunos proyectos construidos en España con vocación experimental y que fueron demolidos o transformados poco después, debido al rechazo de los responsables del encargo o a las protestas ciudadanas.
El primer caso paradigmático de este rechazo es el Rincón de Goya, proyecto pionero de Fernando García Mercadal. El arquitecto, ante el encargo por parte del ayuntamiento de Zaragoza en el año 1927 de un conjunto monumental dedicado a Francisco de Goya en el parque José Antonio Labordeta, les propuso destinar ese dinero a construir un espacio de documentación y exposición con copias de obras del artista.
Itinerary curated by
David Bestué
Es artista, y vive y trabaja en Barcelona. Practica diferentes técnicas escultóricas como el molde, el modelado, la pulverización o la reutilización de elementos encontrados. Entre sus exposiciones individuales destacan Flor Hispania (CA2M), Pajarazos (Museo Patio Herreriano), Ciutat de sorra (Fabra i Coats), Aflorar (Museo Jorge Oteiza), Pastoral (La Panera) y Rosi Amor (MNCARS). Su obra está presente en las colecciones del MNCARS, MACBA y CA2M, entre otras. Como escritor está interesado en las relaciones entre el arte y la arquitectura. Ha realizado trabajos sobre Enric Miralles, Viaplana i Piñón, El Escorial y la historia reciente de la arquitectura e ingeniería en España. Como comisario, destaca la exposición colectiva El sentit de l’escultura en la Fundació Joan Miró, que mostró algunos de los nombres más relevantes del panorama escultórico nacional e internacional en la actualidad.
Means of transport
Tras construirse, sin embargo, el edificio nunca acabó de tener el beneplácito de la ciudadanía. Al finalizar la Guerra Civil fue transformado en un colegio de Monjas y pasó a llamarse “el torreón”. Sorprende la facilidad con la que un ejemplo de arquitectura moderna se transformó en un elemento tan castizo, como sucedió también con otros proyectos de raíz moderna que fueron modificados durante el franquismo.
En los años cincuenta hubo pocas oportunidades de plantear una arquitectura moderna de voluntad pública. Una excepción serían las iglesias proyectadas tras el Concilio Vaticano II, en las que se dio carta blanca a una nueva estética religiosa. El ejemplo más sonado de la tensión entre esta nueva estética y la ortodoxia católica fue la fachada del Santuario de Nuestra Señora de Arantzazu en Oñati, Guipúzcoa.
Debía ir cubierto con unas esculturas de Jorge Oteiza y, dado el rechazo el año 1954 del obispo de San Sebastián, Jaime Font Andreu, a que fueran instaladas, quedaron depositadas en el arcén de una carretera hasta su colocación definitiva, quince años después.
Durante la Transición, la reivindicación de la asociación de vecinos del barrio de Can Serra del Hospitalet de Llobregat, en Barcelona, se centró en la petición de desmantelar el Teatro ambulante para festivales de España de Emilio Pérez Piñero, instalado allí en 1969.
Los vecinos querían destinar el espacio que ocupaba el teatro a un parking de coches y una escuela, y finalmente la estructura fue desmontada el año 1976. Posteriormente fue utilizada como pabellón en Tecnova, una feria celebrada en Madrid el año 1987, tras la cual el teatro ambulante desapareció sin dejar rastro.
Los primeros gobiernos democráticos alentaron proyectos experimentales que sirvieran para remarcar la nueva etapa política. En ese contexto, el ámbito que levantó mayores controversias fue el del espacio público. En Barcelona, la Plaça dels Països Catalans, de 1984, obra de Albert Viaplana y Helio Piñón, que inauguró las llamadas plazas duras, levantó tal debate que incluso un candidato a las siguientes elecciones municipales prometió derruirla si las ganaba.
Finalmente, tras muchos años de abandono, la plaza ha sido catalogada y se prevé su restauración, algo que no sucedió años después con la propuesta de Albert Viaplana, ya en solitario, en la Plaza Mayor de Burgos.
Polémica similar recibió la Plaza del Agua en Estella, obra de Patxi Biurrun de 1987, demolida poco después. Un artículo de la época recogió el parecer de los vecinos, muy polarizados entre los que abrazaban la originalidad de la obra y los que la rechazaban a favor de un proyecto más tradicional.
Idéntica reacción tuvo el Passeig Prim de Reus de Enric Miralles y Carme Pinós, proyectado el año 1989 y construido durante los años 1991 y 1993, que sufrió desde sus inicios una gran oposición vecinal. Estrategias que actualmente son más habituales, como plantar árboles no solo en los laterales sino en el espacio central del paseo o la disposición de una serie de elementos diseñados específicamente para ese espacio como bares al aire libre, farolas y bancos fueron vistos en su momento como algo irracional y un derroche. Los vecinos realizaron una fuerte vigilancia a la calidad, utilidad y coste de cada elemento del mobiliario urbano. Finalmente, el paseo sufrió un desmantelamiento progresivo que fue desvirtuando el sentido de la propuesta inicial, hasta su demolición a principios del siglo XXI.
Esta actitud más vigilante por parte de las asociaciones de vecinos responde a un cambio de percepción respecto a las actuaciones en el espacio público y la reivindicación de participar en su diseño. En Barcelona este cambio se produjo con la crisis del Forat de la Vergonya, en el barrio de la Ribera. El vecindario rechazó el planteamiento municipal al acusarlo de favorecer la especulación inmobiliaria y, finalmente, tras meses de protestas, el año 2001 se les cedió el lugar para que lo autogestionaran. Años después, en el año 2014, en el barrio de Gamonal de Burgos también se canceló la propuesta del nuevo bulevar. A partir de entonces, los proyectos de esta índole en la mayoría de ciudades españolas cuentan con la participación de las asociaciones ciudadanas en las primeras fases de la planificación.
Esto ha provocado un cambio de rol de la profesión arquitectónica, que ha pasado de considerar el plano del proyecto como una superficie que debe acotarse mediante una ideación eminentemente formal y autónoma a ser aglutinador de las necesidades de una comunidad. Si bien este nuevo papel favorece que los nuevos espacios sean fruto del consenso, también conlleva una labor creativamente más constreñida, sin dejar lugar a la experimentación. Quizás en este contexto sirva la respuesta de Miralles y Pinós ante las críticas de su diseño para el Passeig Prim: “Creemos que los lugares singulares de una ciudad, paseos, ramblas, etc. son los que distinguen una ciudad de otra y, si no sabemos, como arquitectos, interpretar la tradición y carácter de estos puntos, seremos los responsables de que todas las ciudades se nos igualen, convirtiéndolas en lugares simplemente útiles, sin ninguna personalidad”.



