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Itinerary
Tal vez no notemos su presencia en su día a día, desaparezcan ante nuestros ojos pero notemos su confort, nos hayamos acostumbrado tanto a él que se han vuelto totalmente invisibles excepto cuando algo falla. Un grifo del que no sale agua, un dinosaurio pixelado en nuestra pantalla, una huelga del servicio municipal de basuras o una interferencia analógica en nuestra pantalla de televisión. Detrás de nuestros tabiques, bajo el pavimento de nuestras calles y aceras proliferan toda clase de infraestructuras, sistemas nerviosos, vasculares y linfáticos de la modernidad que generan un confort habitable dentro del medio urbano.
Podríamos llegar a imaginar el famoso diagrama de Reyner Banham donde la casa se desmaterializaba para desvelar la extraordinaria complejidad técnica que se ocultaba bajo la noción de hogar y trasladar eso al territorio, visibilizando un conjunto de redes subterráneas y aéreas, redundantes y extraordinariamente complejas a través de las cuales la materia, los pulsos eléctricos y la información circula.
Itinerary curated by
Antonio Giráldez López, Pablo Ibáñez Ferrera y Diego Morera Sánchez
Comisarios del contenido web de la Casa de la Arquitectura
Means of transport
Es innegable que sin infraestructuras no habría modernidad ni contemporaneidad y viceversa, sin modernidad no existirían las infraestructuras. Son, como afirma Paul N. Edwards, expresiones propias de nuestro tiempo. Y, pese a su magnitud y relevancia, operan —salvo fallos y sabotajes— bajo una capa de cotidianeidad horizontal que las invisibiliza. Sin embargo, más allá de su función técnica, tienen un gran poder simbólico: funcionan como promesas y deseos de una modernidad siempre por llegar. Y es precisamente, en esta intersección entre lo visible y lo invisible, donde emergen una serie de obras que nos permiten ver cómo la modernidad no es algo que se alcanza sino que siempre se persigue. Una serie de edificaciones donde el peso de lo simbólico y la necesidad de representar una infraestructura nos permiten leer la evolución desde mediados del siglo XX hasta la actualidad a través de nuevos códigos y lenguajes. Una evolución que nos habla tanto de las nuevas necesidades de la modernidad como de sus nuevas formas de representación.
Si la experiencia arquitectónica de la modernidad del movimiento moderno ortodoxo se vio truncada por la Guerra Civil y la consolidación del régimen dictatorial de Francisco Franco, podemos fijar el inicio de la modernidad franquista con las grandes reformas que este lleva a cabo en materia hidráulica que convierte en una herramienta de propaganda. Así, las grandes obras de ingeniería que se estaban realizando para proporcionar electricidad y agua reformulando las cuencas hidrológicas de todo el país, no tardan en incorporar en su cuerpo técnico a arquitectos que aportasen una función simbólica a través del diseño de embalses, saltos de agua y centrales térmicas. Vaquero Palacios o Álvarez Castelao son ejemplos paradigmáticos de esta voluntad simbólica, donde la expresividad y composición formal de los elementos colabora a convertir en objeto de deseo y voluntad política operaciones que, pese a su extraordinaria gran escala, se entiende en el momento que precisan de un componente discursivo que refuerce su presencia.
Tras la muerte del dictador, con el objetivo de situar al país en una modernidad plenamente democrática, se logran emplazar tres eventos de relevancia mundial ligados al deporte. En 1982 se celebra la Copa Mundial de Fútbol y, una década más tarde, los Juegos Olímpicos de Barcelona. Se construyen estadios, villas olímpicas y equipamientos urbanos que muestren la cara más próspera de un país sobreesforzado en salir de un período autoritario. Hacía tiempo que estos eventos habían dejado de ser meramente deportivos para convertirse en grandes retransmisiones en directo a todas partes del globo. Así, en 1981 y con la vista puesta en el mundial de fútbol, comienza la construcción de uno de los hitos del paisaje madrileño de la mano de Emilio Fernández Martínez de Velasco, un imponente fuste de hormigón de 120 metros de alto sobre el que se eleva la torre de control y la antena. En Collserola, en un monte a las afueras de la ciudad de Barcelona, diez años más tarde se repite la operación. La modernidad no sólo necesita de la antena de telecomunicaciones —la segunda más grande de España— sino de una didáctica encarnada que evidencie la importancia de ese hito, y en este caso lo hace diferenciándose de la estética del hormigón de la anterior para configurar un símbolo de la alta tecnología característica del arquitecto Norman Foster. Antenas telescópicas, cables en tensión y vísceras infraestructurales a la vista para generar una didáctica en torno al edificio.
Seguimos avanzando como país, conscientes ya de los límites y desechos que la modernidad prometeica genera a su paso, comienza a crecer una preocupación cada vez mayor por el metabolismo urbano o, dicho de otro modo, qué hacer con todos los residuos que la urbe moderna genera de manera diaria. Así, por un lado, se comienzan a producir actuaciones de restauración y renaturalización de antiguos vertederos obsoletos en entornos protegidos como es el caso de la restauración del vertedero de Barcelona hecha por Batlle i Roig junto a Arquitectura Agronomía que buscaba la reintegración de esta infraestructura clausurada dentro del parque natural del Garraf.
Por otro lado, los residuos urbanos ya no son considerados solo un desecho sino una parte más de un ciclo de reutilización y reciclaje que necesita de nuevas tipologías y edificios donde procesar, seleccionar y clasificar pero también generar conciencia social sobre esta necesidad dando lugar a plantas de reciclaje avanzadas y aulas medioambientales por todo el territorio.
Probablemente una de las mayores condiciones de confort lo definan las temperaturas interiores. Un ambiente producido, durante mucho tiempo de manera individual —tanto a nivel de vivienda como de edificio— que, sin embargo, comienza a cuestionarse con la instalación de equipamientos públicos capaces de suministrar a los edificios de su entorno, actuando como nodos climáticos que permiten generar una mayor eficiencia del consumo de combustible. En su interior, como en el caso de la Central Térmica de FRPO ubicada en Palencia, la biomasa forestal se procesa e incinera para calentar agua de calefacción y consumo. La circularidad energética, esta idea asociada al metabolismo urbano, donde hasta la maleza y árboles no aptos para su conversión en madera son fuente de una energía que no depende de los combustibles fósiles, se convierte en el caso del edificio en referencia simbólica para la geometría que alberga las calderas y sistemas de suministro.
Situados en el presente podemos comenzar a esbozar qué nuevas necesidades o formas de energía darán forma a nuestra modernidad, cómo se irán actualizando y creando redes primero apenas visibles —como los centros de datos a las afueras de nuestras ciudades y los cables submarinos por los que viajan los bits de información que hacen posible que se despliegue este texto en cualquier pantalla— pero que, poco a poco, irán adquiriendo también esa función simbólica que reafirme su presencia y nos recuerde, más allá de cuando se produce el fallo, la existencia de las infraestructuras en nuestras ciudades.



