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Itinerario
La arquitectura no sólo materializa y responde a nuestros deseos y aspiraciones como sociedad, sino que también los construye y da forma. Pensemos en los espacios domésticos, creados y comunicados en medios y revistas especializadas, pero también en dispositivos generalistas, comerciales o en la cultura popular. Sus disposiciones, materiales, electrodomésticos, escenas y elementos decorativos se guardan en nuestras retinas y cuelan en nuestros sueños. Para bien o para mal, moldean imaginarios y aspiraciones, una idea concreta de hogar, de familia, del género y en general, de formas de vida.
El sueño suburbano es, quizás, el imaginario espacial que de forma más convincente ha permeado en nuestras vidas domésticas. Películas, series de televisión y anuncios han sido convincentes mecanismos para que casi todas deseemos tener una parcela propia en las afueras de una gran ciudad, sin vecinos arriba y abajo a los que aguantar o incordiar, con un cierre opaco que nos proteja de miradas indiscretas, césped recién cortado y una pequeña o gran piscina en la parte de atrás.
Itinerario comisariado por
Antonio Giráldez López
Comisariado web, La Casa de la Arquitectura
Pablo Ibáñez Ferrera
Comisariado web, La Casa de la Arquitectura
Diego Morera Sánchez
Comisariado web, La Casa de la Arquitectura
Medios de transporte
El activista y escritor ambientalista británico George Monbiot está entre quienes han abordado las implicaciones económicas y ecológicas de las convenciones espaciales de las sociedades del Norte Global, de la escala doméstica a la urbana. Su idea de “suficiencia privada y lujo público” aborda críticamente dónde ponemos el peso de los recursos —materiales e inmateriales— del entorno construido —si lo hacemos en lo privado y en lo individual o en lo público o común—. La aparente crisis del neoliberalismo en 2008, que condujo a un interesante caldo de cultivo para los espacios de discusión, toma de decisiones y movilización en distintas latitudes del mapa occidental, ha resultado ser un espejismo. La falta de narrativas y la tendencia a la individualización de las luchas hoy pueden sentirse en muchos aspectos de la vida social.
Monbiot se refiere especialmente a la gestión y la mercantilización del suelo, la idea aceptada de que es un recurso ilimitado que adquirir y explotar, cuando es, en realidad, un bien limitado. Su acumulación —como estamos experimentando— produce injusticias y desequilibrios difíciles de paliar. Su propuesta esboza un contraimaginario que es, al menos, sugerente para tratar de romper las visiones heredadas y abrir el horizonte de posibilidades. Y es que, como cuenta, si todo el mundo en Londres tuviera una casa con jardín y piscina, la ciudad ocuparía toda Inglaterra, un modelo totalmente inaceptable, contrario a la viabilidad planetaria y a una sociedad justa.
En un momento de crisis habitacional en las que las administraciones buscan alianzas para paliar las brechas en el acceso a una vivienda frente a la acumulación de la propiedad, un punto de inflexión en los modelos de espacios públicos para nuestras ciudades y de búsqueda de mecanismos para evitar la acumulación urbana y la depredación de territorios cada vez menos poblados, podemos recorrer experiencias de vida, territorio y arquitectura para mapear proyectos, modelos e iniciativas que nos ayuden a esbozar una idea de “lujo público” con la que reivindicar las posibilidades de transformación social y colectiva de la arquitectura.
¿Y si nuestros deseos y aspiraciones no fueran individuales sino colectivos? ¿Qué pasaría si nuestro empuje como sociedad se dirigiera a contar con los mejores espacios colectivos y la suficiencia en los individuales? ¿Qué imaginarios sociales permitirían vislumbrar ¿Qué vertiente espacial del lujo podríamos construir?
Territorios que gestionar. En Galicia, un quinto de la superficie de suelo no es ni público ni privado, sino común. Las comunidades de montes, montes de mano común o mancomunidades —también presentes en León y Asturias en menor medida—, escapan de esta polaridad para constituir entidades donde su titularidad pertenece a las personas vecinas, que se caracterizan por ser inalienables, imprescriptibles e inembargables, y donde los beneficios revierten siempre a la propia comunidad.
Estos modelos de gestión —con sus luces y sombras—, consiguen llevar al tablero público discusiones sobre el futuro de estos territorios, la implantación de determinadas actividades y la gestión de sus recursos —de industrias materiales a economías extractivas pasando por proyectos de energías renovables o la presencia de monocultivos—. Presentes también en otros territorios a través de formas jurídicas análogas o con mecanismos asimilables —de cooperativas a juntas vecinales—, estos modelos de gestión constituyen foros públicos con los que participar de forma directa en la definición de los futuros para un territorio y la puesta en marcha de iniciativas comunitarias o pedagógicas alrededor de los mismos. Aunque singulares, estos modelos nos permiten vislumbrar otras formas de gestión de suelo y recursos y sus mecanismos, imaginar otras formas de acordar y proyectar tanto en ámbitos rurales como en la mayor densidad urbana.
Casas donde vivir. Volvamos al campo de lo doméstico: el más privado, el más vinculado a la idea de lujo y más presente en el debate público. Si la promoción privada de viviendas ha privilegiado, en la mayoría de ocasiones, maximizar la superficie comercializable, reducir la repercusión de zonas y elementos comunes, experiencias lejanas en el tiempo y recientes —tanto públicas como privadas— han conseguido enfrentar estas lógicas y estándares para proponer otros modelos con los que recomponer el pacto espacial y vital de la casa y el bloque. Y, otra vez, posibilitar otros mecanismos de gestión y toma de decisiones.
En los años sesenta, el país experimentaba una profunda crisis habitacional por la migración interna hacia las ciudades. En este contexto, la emergencia de barrios periféricos y ciudades dormitorio —sumada a la zonificación característica del urbanismo moderno—, producía piezas de ciudad monofuncionales y principalmente residenciales, en ausencia de espacios públicos o programas dotacionales heterogéneos.
En Segovia, un grupo de personas —nacidas en la ciudad o en pueblos de alrededor— puso en marcha a principios de la década la cooperativa de vivienda Pío XII, de la que también derivó algún grupo artesano y pequeño-industrial. En la calle Taray, el grupo levantó, junto a los arquitectos José Joaquín Aracil Bellod, Antonio Viloria García y Luis Miquel Suárez-Inclán, un conjunto de 114 viviendas de volúmenes fragmentados que se adaptaban a la pendiente para generar espacios exteriores intermedios, calles elevadas y pasarelas de acceso protegidas del tráfico de vehículos, donde destaca la presencia de una escuela infantil vinculada al jardín central.
Los accesos a las viviendas tenían lugar a través de calles elevadas, como en los referentes brutalistas de los Robin Hood Gardens —y sus calles en el cielo— o Alexandra Road Estate en Londres —y su escalonamiento—, pero también de forma análoga, como explica Aracil Bellod, a los núcleos rurales: espacios de relación y vistas protegidos de la lluvia o el sol. En Segovia y otras ciudades, el arquitecto puso en práctica este “urbanismo de tres dimensiones” que popularizaría Ricardo Bofill para crear piezas urbanas imaginativas para formas de vida complejas y heterodoxas.
Ejemplos como el Barri Gaudí de Reus, primer proyecto residencial público del Taller de Arquitectura de Bofill, precisamente, ejemplifican esta idea. Promovido por el Patronato Local de la Vivienda, es un edificio mixto que combina volúmenes de vivienda con amplios espacios intermedios y de uso colectivos —como generosos patios, pasillos anchos y cubiertas transitables— que buscaban crear “una auténtica ciudad dentro de la ciudad”.
En València, en el barrio popular de la Malvarrosa, la Asociación de Cabezas de Familia de la Malvarrosa daba en los años setenta los primeros pasos para la creación de una cooperativa de viviendas, amparada en la ley franquista de 1942. Junto con el arquitecto Alberto Sanchís y un proceso de encuestas para que las futuras vecinas expusieran sus necesidades individuales y colectivas, idearon un conjunto que hoy cuenta con una repercusión de superficie de zonas comunes en la de la vivienda individual sin precedentes.
De una importante complejidad especial, las viviendas, en dúplex, arrancan en distintas cotas, generando pasillos y espacios intermedios interiores, volcados a un gran atrio que permite las visiones cruzadas. Junto con el diseñador gráfico local Paco Bascuñán, establecieron un sistema visual que, a través de cuatro colores, guiaba a vecinas y visitantes dentro del conjunto y dotaba al conjunto de identidad propia. La cohesión social del bloque se materializaba en equipamientos colectivos como la escoleta o el gimnasio, en uso durante varias décadas. El modelo de gestión, articulado en asambleas, posibilitó la constitución de una perenne y activa comunidad de vecinas que ha puesto en marcha todo tipo de iniciativas vecinales, algo cada vez más difícil de ver en tiempos de precariedad temporal y constante cambio.
Otros casos recientes —a partir de las cesiones de suelo público posibilitadas por las leyes de Cooperativas de regiones como Catalunya, Andalucía o el País Vasco pero también de la iniciativa privada— han recuperado formas de gestión que, más allá de la dimensión espacial, proponen otros modelos de cohabitación, toma de decisiones y sostenimiento de la vida posibilitados por la cesión de uso y de mecanismos alternativos gobernanza. Son casos que, en línea con Monbiot, también cuestionan la distribución de suelo privado y público —al menos, comunitario—, así como los programas habitualmente presentes en volúmenes de vivienda hacia modelos más híbridos y piezas de ciudad más complejas.
Infraestructuras que compartir. En el campo de lo construido, pero más allá de la vivienda, los equipamientos y dotaciones han jugado un papel clave en la construcción de entornos urbanos y rurales justos y formas de vida deseables. Dando un salto a la contemporaneidad, en distintas geografías del estado, un conjunto heterogéneo de equipamientos de distintas escalas y presupuestos han demostrado, en los últimos años, la capacidad transformadora de espacios y edificios de carácter comunitario.
En Cantabria, el Centro Comunitario de Reinosa, de DABG / deAbajoGarcía, recupera el tipo del impluvium romano para construir una generosa infraestructura pública, neutra, apropiable y polivalente, clave para un núcleo mediano como en el que se encuentra. En el rural, las infraestructuras se tornan aún más importantes como articuladoras de vida en el territorio. Intervenciones recientes, como la Nueva plaza en Mansilla Mayor, León, de Ocamica Tudanca, proponen actuaciones contemporáneas que entienden los usos y formas de vida presentes para formalizar un conjunto de elementos funcionales. En Noviercas, Soria, BIZNA Estudio recupera el programa del teleclub para actualizarlo a través de estrategias climáticas sencillas y contemporáneas, creando un espacio social multifuncional para la articulación pública del pueblo. En Zubia, Granada, Agustín Gor crea un edificio atemporal, de apariencia pétrea y espacios apropiables en un contexto de envejecimiento poblacional.
De vuelta a Castilla y León, en Tierra de Campos, las tres recientes intervenciones de Óscar Miguel Ares en Castromonte y Valverde de Campos nos hablan de equipamientos clave para la vida política y social de un pueblo. Uno, un edificio mixto que contiene la Casa Consistorial, el teleclub, una cafetería, un centro médico y centro de atención para mayores. Otro, una piscina pública. Por último, una casa de comidas de uso colectivo.
Y, como toda infraestructura, su capacidad de influencia y transformación pueden ser distintas de su aparente escala. En Pontevedra, dos pequeñas y singulares actuaciones de Pascuala Campos de Michelena y el que fuera su socio, César Portela, expanden la idea de la infraestructura colectiva, nos vuelven a sacar de lo urbano y cuestionan la aparentemente necesidad de intervenciones intensivas en recursos para buscar una transformación real.
En Combarro, Campos proyectó la cubierta de un pequeño lavadero público ya presente en el pueblo. Lugar productivo y comunitario, de trabajo feminizado, y presente en la traducción urbana y rural en muchos lugares del país, la pequeña intervención dignifica y enmarca este elemento, dotándolo de una zona de secado en cubierta a través de una sencilla estructura de madera pintada en un característico azul pastel. En la Carballeira de Lalín —otro espacio con mucho peso en la tradición y la vida social en las aldeas de Galicia—, Portela ideó junto a su hijo Sergio, escultor, un conjunto de actuaciones —tanto arquitectónicas como escultóricas— que respetaban la existencia de este bosque de robles para su transición hacia espacio público. Entre ellas, destaca la gran mesa de granito de treinta y tres metros de largo, una “mesa parroquial” que permite el encuentro comunitario y la celebración colectiva en torno a la fiesta.
Esta lista —una seguramente incompleta y mejorable— busca demostrar las posibilidades derivadas de la reconducción de nuestros deseos más privados hacia unos públicos —si no, al menos, comunitarios— y hacia una reconsideración de la noción de lujo. En este camino, la arquitectura —muchas veces cómplice de nuestras aspiraciones— demuestra cómo puede ayudarnos a definir sus cauces.



