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Itinerario
En 1942 el joven arquitecto Miguel Fisac recibió un encargo que encerraba una paradoja aparentemente insoluble. Debía utilizar las ruinas del antiguo Auditorio y Biblioteca de la recién suprimida Junta de Ampliación de Estudios para erigir una iglesia dedicada al Espíritu Santo que serviría al nuevo Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). Parecía un regalo envenenado. Aunque era sin duda un proyecto muy suculento para un arquitecto en ciernes, el encargo exigía convertir una “máquina de habitar” funcionalista en el “centro espiritual” de la nueva institución científica. El edificio, construido por Carlos Arniches diez años antes con fachada de ladrillo rojo visto, debía ahora reformarse para servir a Dios y a los intereses ideológicos del nuevo régimen.
Itinerario comisariado por
Lino Camprubí
Profesor Titular de Historia y Filosofía de la Ciencia en la Universidad de Sevilla e IP de los Proyectos ERC-CoG DEEPMED y Consolidación Investigadora HAPEARTH. Doctor en Historia por la Universidad de California, Los Ángeles, ha trabajado en las universidades de Cornell, Chicago, Autónoma de Barcelona, Instituto Max Planck de Historia de la Ciencia de Berlín e IMéRa de Marsella. Ha sido miembro de la Young Academy of Europe y es académico de la Academia Joven de España. Es vicepresidente de la Sociedad Internacional de Historia de la Oceanografía (UNESCO). Es autor, entre otros, de Engineers and the Making of the Francoist Regime (MIT, 2014) y Los ingenieros de Franco. Ciencia, catolicismo y Guerra Fría (Crítica, 2017 y 2023; premio Internacional Turriano-ICOTECH al mejor libro de historia de la tecnología 2018; primera otorgado a una obra en español) y co-autor y do-editor de otros libros.
Medios de transporte
La solución de Fisac logró cuadrar el círculo de la modernidad tradicionalista. Repensando la eucaristía como núcleo de la liturgia católica y como elemento aglutinador de un edificio, Fisac prescindió del clasicismo y barroquismo propios del estilo escurialense del momento para proponer un edificio austero y desnudo de decoración, pero cuya religiosidad residía en la convergencia de los muros y la luz hacia el altar.
Es tentador pensar que la “modernidad” arquitectónica era un resultado necesario o inevitable, e incluso que, en la España del primer franquismo, esta modernidad se coló “a pesar” de un régimen anclado en el autoritarismo y tradicionalismo cristianos. Pero el ejemplo de Fisac demuestra que, para algunos de los protagonistas que dotaron de contenido ideológico y material al franquismo, no había contradicción en la defensa de una modernidad tradicionalista. Una modernidad capaz de aunar nacionalismo, cristianismo e innovación arquitectónica.
El complejo de edificios del CSIC fueron el primer paso de esta unión. José María Albareda fue Secretario General del CSIC y, junto con Miguel Fisac, uno de los primeros miembros del Opus Dei (e inspirador de algunos de los pasajes de Camino más interesados en la investigación). Albareda encargó el grueso de las obras a su correligionario Fisac, y ambos diseñaron una “ciudad de Dios y de la ciencia” donde la investigación y la tecnología se unieran a los valores de la autarquía cristiana, teorizada por el Padre Pérez del Pulgar en plena Guerra Civil.
Más allá del CSIC, Fisac promovió el nuevo arte sacro basado en la “convergencia hacia el altar” en templos como el del Colegio Dominico de las Arcas Reales de Valladolid (1953) o el Teologado de los Padres Dominicos en Madrid pocos años después.
Estas obras no estuvieron exentas de polémica. Intérpretes más clásicos del nacionalcatolicismo echaban de menos elementos decorativos tradicionales e incluso denunciaban que el estilo de las iglesias nuevas recordaba demasiado a las protestantes.
Pero la modernidad tradicionalista avanzaba. Y lo hacía en organismos del régimen, como el CSIC o el Instituto Nacional de Colonización (INC). El INC proyectó unas dos mil “ciudades rurales” pensadas para transformar el campo español tanto material como moralmente. Para ello, imaginaron la familia campesina que se ajustaba a los ideales católicos e imaginaron el poblado racional que se ajustara a las necesidades productivas. Esto exigía reinterpretar de forma nueva los planos urbanos tradicionales construidos en torno al Ayuntamiento, la Iglesia y la producción agrícola.
El propio Carlos Arniches, autor de los edificios funcionalistas de la JAE y represaliado tras la Guerra Civil por el nuevo régimen, fue llamado a principio de los cincuenta para diseñar uno de estos poblados. Arniches diseñó Gévora del Caudillo en forma de pez, ajustando la planta a las necesidades productivas y a la familia campesina ideal a los ojos del nuevo régimen.
Lo que hacía “moderna” a la iglesia de Gévora era su emplazamiento en ese nuevo contexto: un poblado que convergía hacia su Plaza Mayor, como “alma del nuevo organismo social”; igual que las iglesias de Fisac convergían hacia el altar. La recuperación (sin duda tardía) de Arniches, otrora arquitecto para el gobierno de la Segunda República, para el proyecto nacionalcatólico era en sí misma simbólica: la redención productivista del paisaje español anunciaba la redención de su paisanaje.
El proyecto de transformación del territorio español nos devuelve de nuevo al CSIC y sus iglesias. En este caso, nos adentramos en el laboratorio Costillares, inaugurado al norte de Madrid en 1953 como sede del Instituto de la Construcción y del Cemento. Su fundador y director, el ingeniero de estructuras Eduardo Torroja, tenía consolidada fama internacional a la vanguardia de las estructuras laminares (en una época de tímida apertura internacional, presidía desde 1949 la Asociación Europea de Hormigón Pretensado).
Convenciendo a Antonio Suanzes (dos veces presidente del Instituto Nacional de Industria) y al propio Franco de la conveniencia de la industrialización de los procesos constructivos basada en materiales y técnicas nacionales, y apoyándose en los fabricantes privados, Torroja logró situar a su Instituto como el mejor financiado del CSIC. Desde esa posición, cuando se decidió a construir Costillares, pidió expresamente que el diseño fuera suyo y de su equipo, y no de Miguel Fisac.
El nuevo edificio debía aunar los valores estéticos y funcionales del proyecto industrializador que encarnaba: funcionalismo y racionalidad constructiva, esto es, un diseño “genial” que permitiera usar elementos prefabricados y un plan de instalación con trabajos claramente previstos y reglamentados. El silo de carbón a la entrada del Instituto encarnaba estos valores. Como un icono funcional, a la vez alimentaba de energía y representaba el proyecto de industrialización de la construcción que perseguía Costillares.
Siguiendo el camino del nacionalcatolicismo industrializador, Costillares contaba ni más ni menos que con dos capillas. Ambas compartían el diseño funcional, racionalista y visualmente llamativo del resto del laboratorio, anunciando un futuro de estructuras laminares, hormigón pretensado, y carbón nacional.
El mismo año de 1953, se inauguró otra capilla laminar co-diseñada por Eduardo Torroja. Estaba lejos de Madrid, en Aigüestortes, paraje pirenaico que sería declarado Parque Nacional pocos meses después. La capilla presidía un nuevo sistema de presas y saltos de agua que, según anunciaba la propaganda oficial del NO-DO, venía a mejorar la naturaleza patria mediante el ronroneo de los motores, que anunciaban una nueva era de energía hidroeléctrica y producción nacional.
Como los ríos a través de la montaña, la modernidad tradicionalista seguiría su curso mediante bendiciones de pantanos, “ofrendas” de libros científicos al Caudillo, y clases de religión y moral en los cursos de ingeniería. Y, al igual que los ríos van cambiando en su camino y mueren al llegar al mar, también el nacionalcatolicismo se transformó en otra cosa a medida que sus iglesias se insertaban en laboratorios y en el proyecto industrializador del paisaje español.



