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Itinerario
Este itinerario por la arquitectura de la década de 1970 se divide en cuatro etapas y necesita de cuatro medios de transporte. En la mochila, cargaremos con la idea que enmarca la selección de obras a visitar: cualquier proyecto de arquitectura se expone a dos fuerzas difíciles de conciliar. En primer lugar, a la iniciativa, intereses y expectativas de las personas o instituciones que promueven la obra, basadas en circunstancias económicas y políticas muy concretas. En segundo lugar, a los gustos y ambiciones de los arquitectos, basadas en tendencias que cruzan tiempos y fronteras. En raras ocasiones se dan las condiciones para que se solapen estas fuerzas pero, cuando sucede, los edificios que se construyen manifiestan con especial claridad la cultura de su tiempo.
Comenzamos nuestro itinerario recorriendo a pie los casi tres kilómetros que conectan la plaza de Colón con el complejo Azca, en Madrid. Se trata de un recorrido salpicado por edificios corporativos promovidos por instituciones financieras que, durante los años 70, adquirieron las propiedades colindantes con el Paseo de la Castellana y demolieron los edificios existentes para dar cabida a sus sedes. Con una excepción. En el número 29 del paseo nos encontramos con el Edificio Bankinter, una de las primeras obras de Rafael Moneo. Una obra que optó por conservar y adaptarse al palacete que existía en la parcela para establecer un diálogo con la historia y con el lugar sin renunciar a su propia contemporaneidad. Una obra que, sin ignorar su conexión con las tendencias de su tiempo, posicionó las condiciones históricas y materiales del contexto como punto de anclaje de su arquitectura.
Itinerario comisariado por
Lluis Juan Liñán
Ministerio de Vivienda y Agenda Urbana
Medios de transporte
En el solar contiguo, vaciado de preexistencias para maximizar los metros cuadrados de nueva construcción, los arquitectos de La Pirámide no tuvieron que negociar un contexto cargado de edificios y, como resultado, su obra lanzó su anclaje hacia la arquitectura corporativa americana de la época, marcada por la monumentalidad y la celebración en fachada de sus esfuerzos estructurales. Un poco más adelante, en el número 46, el Edificio Bankunión lo que llevó a la fachada no fue la estructura, sino las instalaciones: grandes conductos técnicos que, combinados con el uso intensivo del vidrio y de cerramientos ligeros, son testigo de las aportaciones nacionales al floreciente movimiento hi-tech de los años 70.
Curiosamente, el último edificio de este paseo colocó también las instalaciones y la tecnificación del ambiente en el centro de sus preocupaciones. Y, sin embargo, al basar su disposición en criterios técnicos antes que simbólicos, la Torre del Banco Bilbao (BBVA) descargó de responsabilidades a su elegante fachada. Quizás es por ello que esta obra, decididamente comprometida con la innovación y con su tiempo, es la que acarrea una estampa temporal menos marcada y, a la vez, más duradera.
Subimos ahora al tren para recorrer la costa mediterránea en busca de cuatro proyectos de vivienda colectiva que, por su tamaño y complejidad, bien pueden ser descritos como verdaderas ciudades dentro de la ciudad. En València, el Grupo de viviendas Antonio Rueda es un ejemplo tardío de las capacidades del racionalismo más ortodoxo para organizar la vida en común. Una combinación cartesiana de grandes bloques y casas patio entre las que se desliza el espacio público como si se tratase de la placa base de un ordenador. En l’Hospitalet de l’Infant visitamos el Poblado de Hifrensa, inaugurado a principios de la década para cobijar a los trabajadores de la central nuclear de Vandellòs. En este caso, los bloques siguen una geometría hexagonal para filtrar el espacio público en distintas escalas y agrupaciones, respondiendo con mayor sincronía a los debates internacionales del momento acerca de la vigencia de los esquemas urbanos de la modernidad.
En Badalona, Can Mercader nos descubre una respuesta diferente a estos mismos debates. Aquí, el espacio público y los edificios se confunden en un intrincado sistema de plazas, pasarelas y plataformas a distintos niveles entre los que se multiplica la vegetación y se cuelan equipamientos de uso común. En un primer vistazo, la rotundidad de sus estructuras y cerramientos de hormigón nos puede llevar a asociar el complejo con la monotonía y la frialdad que muchas veces asociamos a la arquitectura moderna. Sin embargo, si nos fijamos un poco más descubriremos que el gris de estos elementos no es otra cosa que el fondo de una rica paleta de colores: los naranjas de los toldos, los azules y rojos de las carpinterías, los verdes de los árboles y toda la gama intermedia de brillos de los remates cerámicos. Signos todos ellos de un espíritu que nada tuvo que ver con la disciplina o el control, sino con el optimismo y la imaginación de nuevas formas de pensar la vida en común.
El último edificio de este viaje en tren es precisamente un ejemplo radical de este mismo espíritu. En Sant Just Desvern, Walden 7 es un monumento a la vida comunitaria que se apoya en la atención al individuo. Como tal, su unidad de medida y organización no es ya el bloque ni la torre, sino la célula individual, agrupada alrededor de patios, terrazas y piscinas de disfrute compartido. El organismo resultante, tan extraño como sugerente, sigue viviendo hoy en día para señalar las capacidades transformadoras de la arquitectura cuando se cruza con la cultura de su momento mediante la iniciativa de promotores e instituciones comprometidas con algo más que el rendimiento económico.
Las últimas obras de este itinerario se corresponden con los programas que fomentan este cruce con una mayor naturalidad: los museos y los edificios destinados a los propios arquitectos. Durante la segunda mitad del siglo XX, los primeros comenzaron a multiplicarse como las manifestaciones construidas de la identidad y la cultura de su tiempo, función que todavía conservan en la actualidad. En España, sería precisamente en la década de los 70 cuando los museos reclamaron esta función y dieron visibilidad a las tendencias de la época, algo que podemos comprobar si nos subimos al coche en Barcelona y alargamos el viaje de vuelta a Madrid con un desvío a Albacete. En estas ciudades encontraremos tres museos que cristalizaron tres variaciones de la modernidad tardía: la Fundació Joan Miró, el actual Museo del Traje CIPE, proyectado originalmente como Museo Nacional de Arte Contemporáneo, y el Museo de Albacete. Tres aproximaciones muy distintas a este programa que, sin embargo, comparten su atención sobre el paisaje y los espacios abiertos.
En una escala mucho más modesta pero abierta igualmente a la expresión de la cultura profesional del momento, la sensualidad de la Escuela Superior de Arquitectura de Barcelona, el productivismo de la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Navarra y el brutalismo del Colegio Oficial de Arquitectos de Canarias cierran nuestro recorrido por una década en que se conjugaron con especial intensidad las fuerzas que promueven el avance de la arquitectura.



