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Itinerario
En cualquier historia, las fotografías que quedan grabadas en la memoria encapsulan un conjunto de acontecimientos paralelos cuya importancia se difumina con el paso del tiempo. También en la historia de la arquitectura. Así, pensar en la década de 1960 es invocar algunas de las imágenes más recordadas de la arquitectura española del siglo XX: la sección del Gimnasio del Colegio Maravillas, la rotundidad de las Torres Blancas o la elegancia incolora de la Fábrica SEAT.
Estas fotografías remiten a su vez a una instantánea que captura algunas de las circunstancias históricas que acompañarían a estas realizaciones. En 1959, el presidente de los Estados Unidos Dwight D. Eisenhower visitó la ciudad de Madrid para dar visibilidad a la legitimación del régimen franquista por parte de los países de Occidente. El resultado: la multiplicación de los intercambios comerciales y la apertura a capitales y visitantes extranjeros que impulsarían el ‘desarrollismo’ de los años 60.
Itinerario comisariado por
Lluis Juan Liñán
Ministerio de Vivienda y Agenda Urbana
Medios de transporte
En el origen de esta instantánea, sin embargo, se encuentran una serie de eventos menos visibles: los conocidos como Pactos de Madrid, destinados a la colaboración entre España y Estados Unidos, y el concordato con la Santa Sede, ambos firmados en 1953. Aunque su documentación gráfica es escasa, los efectos del crecimiento económico que experimentó nuestro país durante la década de 1960 no pueden desconectarse de la influencia de estos dos acuerdos.
Además de en numerosos edificios destinados a la propia liturgia, el renovado peso de la Iglesia Católica se canalizó en el sector de la educación, en que se desplegaron proyectos tan significativos como el gimnasio diseñado por de la Sota, el Conjunto de Teologado San Pedro Mártir o el Colegio Mayor Teológico Hispano-Americano en la Ciudad Universitaria de Madrid. La variedad de programas y de segmentos formativos que abordaron estas obras dice mucho de la vinculación de las instituciones religiosas con la promoción de la arquitectura en esta y en las décadas posteriores, así como de su conexión con el recogimiento, la sencillez y la sensibilidad material.
De forma similar, el americanismo que desprendió el desarrollo económico y social de los 60 se manifestó en una multitud de sectores y facetas. A la apertura económica le siguió un proceso acelerado de industrialización y, a este, la importación de la cultura del automóvil, del rascacielos y de las grandes infraestructuras. Así, las hordas de SEAT 600 que salían de la factoría de Barcelona se encontraron con arquitecturas pensadas a su medida, como la Estación de Servicio Los Enlaces o el Motel El Hidalgo, una obra en la que el coche y la vida acordaron nuevas formas de relacionarse. Por su parte, las infraestructuras energéticas y de comunicación encontraron en arquitectos como Joaquín Vaquero Palacios o Julio Cano Lasso la mano para formalizar su simbolismo en el imaginario del momento, de la misma manera que las ciudades encontraron en arquitectas como Milagros Rey la mano para incorporar la torre a su repertorio de edificios.
Este proceso de industrialización fue seguido además por una renovada presión demográfica sobre las ciudades. Si durante las dos décadas anteriores los esfuerzos del régimen se habían dirigido a consolidar y promocionar el territorio rural, los años 60 se caracterizaron por un éxodo masivo impulsado por el papel de las ciudades como puntos neurálgicos del tejido industrial del país. Ello incrementó la necesidad de viviendas y derivó simultáneamente en dos fenómenos paralelos: el aumento del chabolismo y de la experimentación con el hábitat colectivo. Así, recorrer este itinerario supone visitar algunos de los proyectos de vivienda colectiva más significativos del siglo XX y comprobar, como en la Unidad Vecinal de Absorción de Hortaleza, la capacidad de respuesta de la arquitectura ante transformaciones sociales de gran intensidad: el proyecto al completo fue diseñado en apenas un mes para paliar la multiplicación de asentamientos chabolistas. En conjuntos tan ambiciosos como el Barrio Gaudí de Reus o en las Torres Blancas de Madrid, nos encontramos además con la capacidad de la arquitectura para proponer transformaciones en la manera de vivir en sociedad; de agrupar personas y formas de vivir, de repensar los espacios de la casa y de renegociar los acuerdos entre el hogar y la ciudad.
No obstante, si hay una imagen que aglutina todas estas transformaciones no es tanto la del trabajador de la industria o la de la habitante de la ciudad, como la del turista. Un nuevo sujeto dedicado al ocio y a la acumulación de experiencias que, al igual que el SEAT 600 –o mejor dicho, valiéndose de él– sería recibido con un despliegue de infraestructuras, arquitecturas y nuevos modelos de comunidad. El litoral se convirtió en su territorio por excelencia, exponiéndose súbitamente a una presión económica y social que derivó en una gran variedad de modelos de ocupación. Desde pequeñas urbanizaciones integradas con precisión en el paisaje – 4 Viviendas en el Camino Largo, Urbanización Can Pep Simó –, hasta ciudades enteras que fundían la vida y el ocio – Ciudad Blanca –, pasando por la domesticación modernizada grandes accidentes naturales, como La Manga del Mar Menor.
Proyectada originalmente por Antoni Bonet Castellana, la evolución posterior de esta manga de arena nos serviría para continuar esta historia sobre el desarrollismo y la historia urbana de España a partir de los años 60, marcadas desde entonces por las luces y las sombras de un modelo de desarrollo basado en la intensidad, pero también la fugacidad, con la que el turista consume los lugares que visita.



